aviso al lector

Cada una de las historias y anécdotas que encontrará en este blog son producto de una mente perversa y sobre-dopada. Los lugares, como los nombres o las expresiones son ficticios y ningún parecido con la realidad debe ser tomado en cuenta.

Si, bajo su propia responsabilidad y criterio, decide creerlas, ... ¡eso que se lleva!

martes, 17 de enero de 2012

Los hombres de Marcela

Por un lado, creo que no es su culpa.

Ella sólo es una víctima, del sistema, de su familia desistematizada, de su barrio, sus sueños y los encontronazos que entre estos se producen. Visto así, Marcela, simplemente, sobrevive con las armas que la vida le ha dado. Yo sé que ella quisiera mucho más que sobrevivir. Pero viéndola de cerca.. respira a duras penas.

Al conocer a Marcela y algunas anécdotas de su vida, la gente normal se siente apabullada por tantos detalles, tantos datos, algunos tan escalofriantes. "No está bien de la cabeza", "eso no puede ser verdad". Sinceramente, he llegado a desconfiar del testimonio de la protagonista. Ya no sé qué es cierto y qué inventado en la historia de Marcela.

Porque, por otro lado, ella es la única creadora de las páginas del explosivo libro que escribe. Podría optar por ser del montón, ser realista, razonable y, sobre todo, responsable. Pero no, ella ha elegido su trilogía de ciencia ficción preferida y ha decido formar parte de ella.

Pero independientemente del caracter fidedigno o no de sus relatos, hay una constante en la vida de Marcela que muchas otras mujeres comparten. Los hombres. Concretamente, más de uno, exactamente, a la vez.

Los triángulos amorosos, tan divertidos como mortales han pasado por nuestras vidas, en carne y hueso o de manera más onírica. Según el papel que nos toque jugar (porque esto no se decide, esto toca) la diversión varía, como los daños colaterales. Marcela se pudo permitir el lujo de elegir y volver a elegir. De probar, comparar y decidirse... creo, incluso, que guarda un ticket de compra de su última adquisición... por si no queda del todo satisfecha.

La peculiaridad del caso de Marcela es que no ha elegido la razón por la que juega con los hombres de su vida (con todos, de todas las edades, pendientes de muy dispares vínculos). Marcela no es infiel por diversión, si no por necesidad. Porque tiene el zapatero lleno de adquisiciones, pero los pies fríos.
Porque, cuando todos miran, le dedican canciones de amor, pero a solas... A solas sólo inspira críticas y desprecios. Hombres.

Desafortunadamente, parece que Marcela ha ideado un plan un tanto contraproducente. "Si me marcho con billete de vuelta, él correrá tras de mi. Creerá que me ha perdido. Cambiará (como si eso fuera posible). Volveré y todo será distinto." Las tres primeras partes del cuento se produjeron, ahora sólo falta ver si realmente él cambió. Si derrepente, se fundió y moldeó de nuevo. Si lo han poseído los fantasmas de los hombres civilizados y amorosos. Si no es así. Siempre les quedarán las reuniones y focos de expresión en los que demostrar su amor.

Por el camino, a penas daños materiales. Sólo en raras ocasiones, los otros se implican más allá del colchón. No es fácil encontrar a un hombre dispuesto a ir más allá, aceptarnos, comprometerse, jugársela y demás. Por suerte. Marcela no tiene que lamentar pérdidas. Nada reseñable. Nadie en quien velar. Todo está en su lugar. El otro en el olvido. El anillo en el dedo. El matrimonio en el hogar.

Qué bien le ha ido a Marcela. Pobre Marcela.

.. nuevos años y vidas nuevas ..

Wow! Cómo me ha cambiado la vida! Tengo la sensación de que me deslizo a muchos kilómetros por hora.. tengo miedo a estrellarme. Es fascinante. Ese temor se entremezcla con la adrenalina y con el placer de este viaje que me está llevando a volar y volar... literalmente.

No sólo he cambiado de oficina y he multiplicado los teléfonos. Ahora vivo haciendo y deshaciendo maletas, coleccionando diccionarios de varios idiomas, preocupándome por visados, pasaportes y trenes, y saltando de un avión a otro.

Soy feliz. El mundo se ve muy distinto cuando no tienes tiempo ni de echar un vistazo a tu propio correo electrónico, ¡ni ganas! Echo de menos a los amigos, a los que pasé meses sin ver, por estar "ocupada". Cuando te enrrolas en una historia como esta, se estiran los minutos al máximo. No existe la pereza ni los 5 minutitos de más en la cama. Cada día es una aventura.

Por supuesto, también la relación con Juan Antonio ha cambiado. Nos vemos menos, pero no se lleva mal. Saber que voy de un lado para otro ha despertado en él cierto instinto protector. Me cuida de otra formal, me echa de menos, muy sanamente. El espacio propio es agua bendita. ¡Cuántas ganas en las manos, en los labios y los ojos al encontrarnos! .. Cómo me gusta mi hombre .. :)

Sinceramente, espero que el nuevo régimen vital lo lleve al punto de rebelarse contra los preceptos familiares y se venga a vivir conmigo. Que sola se está muy bien.. pero con él al lado se duerme mejor.  Pero del choque con la iglesia hablaremos en otro momento. Porque trae cola y tiene tema de sobra.

Lo que hoy me ha venido a la mente y no me abandona es la historia de una mujer curiosa a la que unos llaman egoista, otros ciega y otros tarada, pero a todos tiene fascinados. A todos tiene en vilo con el devenir de su historia. Apuesto a que la reescribe cada día. Ella es Marcela.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

..Ave María, purísima..

..pura, infiel o libertina, ¡¿Qué más da?! ¡Parió al Michael Jackson de la época! En mi opinión, la señora está más que justificada. Que ella dice que fue el pájaro, ¡pues es lo que hay! ¡Bastante pasó después siguiendo al hijo en los bolos por toda Nazaret!

Esta mención a la madre de Dios no es arbitraria. Veréis, me ha dado por el camino de la fe.

Guau! Lo diga, como lo diga, aún no me lo creo.

Hace casi un mes que estoy asistiendo a catequesis sin razón, ni motivo aparente.
Quizás sí lo tengo, pero prefiero pensar que no, que todo es fruto de mi curiosidad desmedida y mi afán por mantener entretenidos a mis antepasados. En este caso deben estar revolviendose en sus tronos de nubes, en el paraíso de Los Canteros.

Juan Antonio lo tiene claro: DIOS EXISTE Y GRACIAS A ÉL HABITAMOS ESTA TIERRA CREADA PARA NOSOTROS, HASTA QUE ÉL MISMO DECIDA "CERRAR EL CHIRINGUITO".

Personalmente, discrepo, por muchas y muy variadas razones, producto del estudio, la lógica, la razón, los años de antropología, sociología, historia y filosofía. Y, sobre todo, fruto de la importante carga genética atea que mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo y hasta el primero de los Omeyas dejaron en mi.

Yo intento comprenderlo, buscar la razón que le lleva a confiar en que si recita un Padre Nuestro, las curvas en las carreteras se enderezarán, los imprevistos desaparecerán y las ruedas nunca se pincharán. A su lado me ha tocado hasta dar gracias por la comida que yo misma he pagado con el dinero ganado por mí misma a través de mí propio esfuerzo... Estoy rellena de blasfemia.

Bueno, supongo que tampoco tiene nada de malo dar gracias o, sencillamente, ser conscientes de la suerte que tenemos de vivir inmersos en esta crisis y no en la del Congo. Simplemente porque aquello no es vida.

El caso es que Juan Antonio jamás me ha pedido un paso así. Creo que aún no ha intentado convertirme ni salvarme de la "Quema Final", pero un día tonto me sorprendí a mí misma inscribiéndome en unas sesiones de catequesis, por una duración de 4 meses, en el entorno idílico de la ermita de mi pueblo. Repelús.

Lo siento. No pretendo faltar al respeto a nadie. Sólo es que... no va conmigo. O eso creía.

Admito que los minutos se me pasan volando y aunque no faltan los debates con mi catequista, una entrañable señora cristiano-taliban, disfruto del show, escucho sus testimonios, me rio un rato y, después, hago reír a mamá, compartiendo con ella las anécdotas que se producen en los dichosos encuentros espirituales.

Al principio, Maica, mi catequista, me miraba con recelo, casi con desprecio, casi con temor. Imagino que veía en mi socarrona sonrisa, la del mismísimo Lucifer. Pero el tiempo y los hechos han limado las pseudoasperezas entre nosotras. Puedo decir orgullosa que ahora me deja hablar.

Es una mujer especial. Reúne mucha fe en los ojos y la deja escapar, con no demasiada destreza, en sus palabras. Cuando repasa algunos fragmentos de la Biblia y nos los desmenuza con la timidez que la caracteriza, me mira a los ojos, dialoga conmigo, sin saberlo. Nos hacemos felices la una a la otra. Ella tiene alguien que la atienda, yo me inspiro sin medida.

Ha aceptado que no soy una alumna al uso y que no se lo pondré fácil. Y yo he aceptado que quizás sí hay un Dios en todos nosotros, en todas las cosas. No creó el mundo, no envía ángeles, ni me juzgará el día que muera. Sólo es AMOR. Sencillamente, AMOR. La verdad es que no es poco.

El amor que une a las personas, creando amigos, creando familias, practicando sexo. El amor que causa dolor ante el sufrimiento ajeno. El  amor que empuja a ayudar, a esforzarse por los demás. El que está presente en las parábolas que con tanta paciencia Juan Antonio intenta explicarme. El mismo sentimiento que me ha llevado pasar por el ritual de la Confirmación cristiana, sólo para hacerle feliz. El amor está en las risas que mamá y yo compartimos, discutiendo sobre la razón y naturaleza de mi rebeldía, "¿qué te cuesta estar callada una hora y decir Amen de vez en cuando?"

En todas las formas de amor que conocemos debe estar ese Dios. Podríamos haberle denominado "silla", "coche" o "máximas de comportamiento humano para el civismo generalizado, en pro de conseguir una sociedad justa, segura y deseable". Pero el marketing metió mano y lo hemos dejado en eso, en "Dios, nuestro Señor y su AMOR... Amén".

Me pregunto cómo me las apañaré para librarme de la obligatoria confesión con el sacerdote del pueblo. Una cosa es inyectar alegría a la catequesis con comentarios paganos.. y otra, matar al cura por unos secretitos de nada. Algo pensaré. Igual le paso el enlace del blog, para que vaya calentando. Evidentemente, no soy partidaria de contar mis intimidades al caballero "asotanado" de turno. Además, de la mayoría de mis pecados, ni siquiera me arrepiento... ¡SOCORRO! ¡Estoy supurando soberbia.. !

¡De este purgatorio no me libra nadie!

jueves, 17 de noviembre de 2011

.. el primer día, del resto de mi vida ..

Lo siento, lo siento, lo siento... ¡En fin! No creo que muchos me hayan echado de menos por este medio.. pero, por si acaso, lo siento.

Pido disculpas a los lectores cercanos, siempre amables, siempre fieles, siempre críticos y constructivos; y también a los lectores alejados, apartados y escondidos. Me pregunto en qué se habrán entretenido todo este tiempo, sin una entrada que imitar, de la que intentar mofarse. Sin una explicación a la que dirigirse.

Se acabó la sequía, al menos, permanente. Os doy mi palabra.

Han pasado largos meses repletos de acontecimientos, unos que celebrar, otros para madurar. En definitiva, he dedicado este tiempo a cambiar, a deshacerme de lo que no necesitaba, de estorbos y de presencias fantasmales. He retomado mi camino hacia adelante. Porque, aunque parezca obvio, no siempre se consigue. He sufrido yugos, barreras y zancadillas y me ha faltado demasiadas veces el valor para creer en mi misma.

¡Qué tonta! Me sé de memoria la teoría, "si tú no te quieres, nadie lo hará", "vales mucho, estás sobradamente preparada",... y sin embargo, cómo nos cuesta a las mujeres encontrar la oportunidad que nos saque del cascarón del prejuicio, el machismo y la puta crisis. Demasiado común. Excesivamente normalizado.

Esta es la historia de una mala tarde: soy licenciada, masterizada, idiomada, practicada, creativa, resolutiva, asertiva y proactiva. Soy joven y estoy llena de ideas... Pero hace casi tres años topé con un señor que me invitó a pasar a su cálida empresa, con actividades innovadoras enmarcadas en la filosofía de "El mundo a nuestros pies", el compañerismo, la amistad más allá de la subordinación y las relaciones sin edad.

Para una pueblerina como yo, de orígenes humildes, con sueños de paz y tendencia a confiar en los demás, no había en el mundo una oferta igual. Desde aquel enero de 2009, he experimentado todo tipo de sensaciones. Me he visto en todo tipo de tesituras. Al final del viaje, cuando los cuentos chinos acaban, sólo aparece una estepa árida de sucias realidades, mentiras, chantajes, abusos, desprecios, miedo y dolor.

Nos ha tocado una etapa histórica cuesta arriba. Nos ha tocado luchar, ahorrar, reducir, perder, dejar de dormir y hasta rezar. Aún queda consuelo. Sí, nos queda la salud y un tonto consuelo: siempre hay quien lo pasa peor. Siempre hay alguien más pobre, y lo que muchos no alcanzan a intuir, siempre hay alguien más pobre que el hombre más pobre de la tierra. Su mujer.

Por ser mujer no han valorado mi trabajo, no han agradecido mi esfuerzo y me han gritado por los errores de otros. Por ser mujer, en mi trabajo, he tenido que oír comentarios horribles y sobrevivir a propuestas infames. Por ser mujer, he salido de la oficina más de una vez con lágrimas en los ojos y con una esperanza menos en la maleta.

Pero ha llegado una mujer a mi vida. Una mujer extraordinaria. Un Premio Nacional de Danza de mujer.
Estaba a punto de tirar la toalla, de prepararme unas oposiciones o hacer caso a mi padre y heredar el negocio familiar. Una aspirante de última hora, muy recomendada, me había, literalmente, robado una beca de colaboración como un regalo del cielo, para la que yo ya había sido seleccionada. La criatura subterránea con la que compartía piso se estaba convirtiendo en algo peor que un cáncer y parecía no llegar la hora en que se largara de casa, e, incluso, mi relación con Juan Antonio se resentía. Mal humor, mal talante, malas formas y desplantes. En el túnel directo al suicidio o a los antidepresivos, se hizo la luz de la mano de una llamada que nunca esperé, cargada de las mejores noticias que nunca imaginé.

Hoy soy otra mujer, creo que, concretamente, la que siempre "habitó mi piel". Tengo ganas de amanecer y estoy ansiosa por aprender. No me ha tocado la lotería y no hay nadie a quien quiera votar en las próximas elecciones. Ya no creo en princesas, ni en la bondad, ni en el "siempre". Pero tampoco creo en los ogros ni en las brujas chupa sangre. Ahora lo pido todo por escrito y leo cada letra pequeña.

Pero queda aún mucho de lo bueno que tuve ¡porque ya no hay insectos en casa! Soy la dueña de mi espacio, la DUEÑA. Juan Antonio se entretiene en diseñar la redecoración que algún día llevaremos a cabo, mi gente va encontrando su espacio y ¡hasta nos multiplicamos! Ya no hay miedo, ni cueva, ni soledad, ni ofensas. Ahora piso teatros de nombres grandiosos, paseo por Moscú o por Tel Aviv y me desenvuelvo como puedo en aeropuertos caóticos, en buena compañía, con una gran compañía.

Estoy cumpliendo el sueño que plantee casi diez años atrás, cuando supe que la economía no era lo mío, ni las ciencias, ni la docencia, ni las leyes, ni los contratos basura. Cuando sentí que era relaciones públicas, porque así me había parido mi madre. No porque pase los jueves en la puerta de una discoteca, sino porque estoy sobradamente preparada, llena de ideas, dispuesta,  lista y decidida. Que lo mío es la comunicación y el protocolo y, a ser posible, entre focos y bambalinas, rodeada de público, de embajadores, de artistas, de la cultura y de sus genios.

Gracias a Blanca, por ser mucho más que un hada madrina.
Gracias a Juan Antonio, por ser mucho más que mi amigo, mi apoyo y el amor de mi vida.
Gracias a RM y su compañía, por abrirme esta puerta, cederme un lugar y abrigarme en el frío ruso.
Gracias a todos mis amigos, por no dejarme caer y a mi familia, por volar conmigo cada noche, allá donde haga falta.

domingo, 24 de abril de 2011

.. ahí va la cabra, tira que te tira al monte ..


¡No lo he podido evitar!
Me gusta escribir y leerme y releerme y descubrirme y reírme de mi misma en cada palabra, pero sobre todo, necesito la terapia que todo esto me supone. Sacar del pozo lo que pesa o, sencillamente, pasar lista a todos los tornillos para asegurarme que ninguno falta. Revisar cada sentimiento, para lavarles la cara y dejarlos listos para el día de mañana.

No me he podido resistir, y aquí estoy de nuevo. Que ni las sombras, ni los fantasmas, ni los traspiés, ni siquiera la madurez convierten a la cabra en pez para alejarla del monte.

Al instinto primario que me empuja a escribir, se unen las nuevas lectoras, experimentadas y sinceras, positivas y geniales. Esas que se confiesan atrapadas por una mera anécdota vital, aquellas que rompen a carcajadas e incrédulas exclaman: 
¡No me lo puedo creer!

¿Cómo no volver al teclado habiéndolas visto disfrutar con esta nimiedad? Si no me cuesta nada, si me hace tan feliz.

Durante todo este tiempo, un año, mal contado, me he descubierto en otros aspectos, distintos a los habituales. He resultado ser cobarde ante algunos precipicios y débil ante el sufrimiento del prójimo. Me he visto obligada a admitir que no soy buena amiga, ni esposa, ni amante, ni hija, ni conocida. He cometido excesivos errores este año. Tal vez esa vergüenza es la que me impidió tantos días dar la cara.

Limé mi carácter y mis más arraigadas manías ante la posibilidad de chocar con demasiada fuerza con el muro del genio de Juan Antonio. Que ni mis formas, ni estas leyes mías sobre la humanidad, la igualdad y las diferencias me han hecho más favor que proveerme de prejuicios y palabrería. Durante estos meses, en algunos momentos, llegué a pensar que Juan Antonio había cambiado lo más esencial de mi esencia. Que me había reducido a la figura de una dócil esclava. Ahora, con el tiempo como prisma, y los ejemplos, como inspiración, veo más que claros los errores cometidos en el pasado y su naturaleza: Soy una cobarde. Una enorme, vil y vulgar cobarde. El miedo a tantas cosas es mi guía, mi bandera y mi yugo. He sido injusta y cruel con quienes me quisieron y ya no más, he esquivado responsabilidades y eludido castigos con excusas, con razones y sin ellas.

Caen a mí alrededor figuras amigas y se disipan nebulosas de amistad. Lo peor es que sólo algunas me pesan. Las que no, ni las miento. Me siento impotente por la perdida de amigos. Algunos se fueron de la tierra, otros se quedaron en el cielo. Me duele no tener para ellos un remedio. No contar con pócimas que devuelvan a la vida y maquinas que detengan el tiempo. No se me da bien fingir, aunque pueda parecer lo contrario. No se me da bien herir y no tengo la menor intención de infringir daños.

Se me fue de las manos el dolor. No soporté tanto mal en los ojos de Ella… y dejé que pasara el tiempo. Todo lo dejé en manos del tiempo. Pero el tiempo sólo a nosotras se nos llevó.

Los echo de menos, nunca fueron míos, sin embargo, los extraño. Pobre de mí.

Me queda tanto que aprender… tanto que caminar. Quisiera ser como ella, como mamá, en los pequeños detalles y en los grandes gestos. Ella nunca se apartaría de las obligaciones, morales o no. Ella nunca olvida una fecha. Ella rezuma comprensión, paciencia y cariño y siempre tiene lista la otra mejilla.

Me reitero: no soy siquiera buena compañía. En momentos de despecho, he hablado mal de mis amigas, de mis confidentes, mis hermanas y maestras. Hablé desde el despecho y desde la envidia. Envidia de no tenerlas cerca, rencor por verlas perdidas. Ahora me siento agradecida, porque esas cosas nuestras se arreglan con la misma sinceridad con que se estropean. Porque había, aunque no lo parezca, mucho amor tras los reproches, mucho anhelo de su compañía.

Me hago mayor, aprendo de mis errores grandes lecciones de sabiduría y esta cabra, ahí va, camina que te camina, hacia el monte del que proviene. Cada cual del suyo, cada cual en su forma. No lo hemos de olvidar.

No me cambio por nadie y no acepto juicios públicos sin pruebas ni cuerpo del delito. No admito insultos de quienes sólo me han visto pasar y si se atreven, cuanto digan, por su peso caerá.

Que soy muchas cosas y sólo algunas buenas. Que merezco escarmientos y regañinas y por suerte tengo quien me aleccione desde el saber y la soberanía. Que soy humana y no es excusa. Que quiero seguir para adelante, vivir, vivir y vivir, con tantos defectos, tanta carga y tanta culpa. Ya me hago yo fuerte a mi manera, ya remonto yo sola mi ladera.









lunes, 18 de abril de 2011

te quiero

Parece que fue ayer y desde entonces, ha pasado tanto..

Tantos días, repletos de horas, de instantes y anécdotas, buenas y malas, tuyas, mías y nuestras.

No te tomé en serio y no creí en nada de lo que pudieras ofrecerme.
No me dejaba llevar por el deseo, ni por la inapetencia, ni por las sinergias, ni mucho menos por las casualidades. Y ha pasado un año.

No me calabas, no me llenabas, no me convencías, ni te creía. Eramos distintos, como ahora.
No confiabas en mi, ni yo en tus ojos. No tenías valor para tocarme ni yo para dejarte hacerlo..
..y ha pasado un año y muchas cosas más.

Sólo me divertía, sólo intentaba escapar y alejarme de lo que ya nada me ofrecía y te encontré o tropezamos. Y me enamoré o nos suicidamos.

Parece mentira que hayamos olvidado todo lo anterior. Que un vendaval haya barrido con algunos miedos, para dejar paso a otros, que se haya llevado recuerdos de todas las naturalezas y orígenes y sólo estés tú.

Hoy no es nuestro mejor día, después de muchos días malos en un año.
No es el mejor día, pero no es el último.
Nos queda mucho que discutir, muchas diferencias nuevas que encontrar y otras que reforzar.
Que la vida no es rosa, ni el amor carece de espinas.
Que los cariños se notan en otras cosas y no me resigno a hacer caso de lo que digan.
Que no somos perfectos, pero así más me gustas, más te me apeteces, en tantas cosas.
Mucho calor, mucho aroma a nosotros. Mucho por venir. Tantos años más.

lunes, 14 de febrero de 2011

Gente

Una vez conocí a una mujer a la que creí que ya conocía.

Oí hablar muchas veces de ella y llegué a creer cuanto dijeron. Parecía injusta, descarada y un poco ignorante. Parecía violenta e irresponsable. Parecía mala mujer y peor madre.

Pero un día tuve la oportunidad de conocer a una mujer de la que no me contaron la verdad.
Al mirarla, descubrí tanto miedo en sus ojos esquivos como en su voz. Apenas era capaz de articular palabra, tartamudeaba ante mis preguntas, pero sonreía sincera.

Al oirla, aprendí que es tan valiente como sabia. Ha superado con matricula de honor las evaluaciones de la vida. Quizá no lo sabe todo, quizá ha tropezado. Tal vez, huyó cuando debía pelear y sólo pensó en su piel y su corazón, pero es fuerte y aguerrida.

Siento creer que lo sé todo. Siento haber dudado un sólo momento que no quedaba nada por descubrir. Menos mal que no es tarde para acoger a desconocidos y conocerlos, "descoserlos", desnudarlos y guardarlos dentro.

miércoles, 15 de diciembre de 2010

Vuelven, por Navidad.

¡Quién diría que el familiar anuncio poseía tal carga significativa...!

¿Conocéis esa sensación de quedarse helado, sin que las temperaturas desciendan demasiado?
Parece que el tiempo se hubiera detenido desde unos meses a esta parte... Ha pasado volando, ha barrido de un soplido todo cuando nos ha acontecido. Supongo que en algo influye el estado de embobe en que me encuentro. Estoy enamorada y, por una vez, es culpa de un sólo hombre. El caso es que no han corrido en mi conciencia los mismos minutos que en el reloj y de pronto ya es Navidad, como hace tan poquitos días, como todavía recuerdo a la perfección. Recuerdo el olor de los postres de mamá, recuerdo la rutina, las visitas a la familia y la familia que nos viene a visitar. Parece que fue ayer cuando preparaba la mesa, ahorraba para regalos y me erizaba la piel el miedo a recordar.

Así es la Navidad. No hay más opción que recordar.

El calendario me ha dado una ínfima tregua y, una vez más, veo desde el tren cómo el río se desborda y nos roza al pasar. Del mismo modo, me desborda la emoción porque este año es mi abuela la que se apaga, se consume como las velas que mi madre, tímidamente, coloca en el salón, a modo de decoración. Tampoco a ella le gusta estas fechas. Se vuelve a marcar el mismo reto personal: ser la más fuerte de las personas que conozco, la más positiva de las miradas tristes. Siempre esperamos que el siguiente año sea mejor, que sea más llevadero, que pase rápido y se haga ligero. El 2010 no podía ser menos. De nuevo, luces por todas partes y millones y millones de personas me impiden avanzar por las calles. De nuevo un poco más niños y un poco más viejos. No sé qué le ven a esto del Christmas Time.

Al menos hemos sobrevivido a una fase más de esta crisis, al menos, nos seguimos marcando metas y nacen nuevas ilusiones. Cuánto trabajo por hacer. Cuántas personas que perder. Cuántos amigos por descubrir. Cuántos temores que desmantelar y hogares que soñar. Pensándolo con detenimiento, este no ha sido un mal año. Si la fortuna nos ha abofeteado, con paciencia y amor hemos conseguido reponernos. Se fueron personas demasiado importantes, demasiado queridas, demasiado pronto. Cada día que pasa los recordamos, a los que murieron y a los que se volvieron mudos, sordos y ciegos.

Otros ojos han despertado para provocar sonrisas, para hacernos llorar de alegría. Muchas ideas no parecen las más idóneas al principio, tener un hijo a los 20, sin trabajo, ni idea de cómo cambiar pañales, es un ejemplo. Pero esas mismas ideas llegan a ser la mejor de las noticias si se miran desde el prisma de la razón. Que no hay más razón que la del corazón. ¡Jules, mi nuevo sobrino, nos ha devuelto la esperanza y las ganas de todo, de vivir, de concebir y de subir a un avión!

En 365 días hemos tenido el corazón en vilo por las desgracias y por los premios, por los aplausos y por la incertidumbre del mañana. Nos ha faltado el aire y nos han cubierto de besos. Y sin embargo, aún no me gusta la Navidad. Es el momento en que todo, inevitablemente, vuelve a nosotros, incluso lo que ya no esperábamos.

Hace unos días, me sorprendió un mensaje en mi correo que no deseaba y que, no obstante, veía venir.
"Felicidades, yogurina. Por todo, parece que todo te va muy bien."

Al mensaje siguieron otros y a la conversación puntual, varias ocasiones más para conversar. Como decía, ya no le esperaba. Admito que me he preguntado alguna vez cómo sería volverlo a ver, cómo reaccionaría ante su imagen, su voz o sus palabras. Ahora, cuando menos lo necesito, aprovecha cada ocasión para aparecerse en mi buzón, simplemente, para saludar. Y ya, no me hace falta...

Es una anécdota muy común, ¿verdad? Me ha visto sonreír y quiere participar de ello. Después de mucho silencio, tras haber estado tan, tan, tan lejos, ahora ya no lo quiero cerca.

miércoles, 24 de noviembre de 2010

Cajas llenas y cajas vacías.

El otoño ha llegado como debía hacerlo, ha llovido, ha tronado y las hojas de los árboles han vestido las aceras. No hay lugar a dudas, acabó el verano, nos encoge el frío.

Mi personal versión de la estación, además, trajo consigo cambios y, según  mi horóscopo del mes de Octubre, “proyectos y planes a tutti plen que afrontaré con positivismo y energía…” ¡Con lo que me cuesta a mi producir energía con 10 grados menos!

Lo que nació como una intención de futuro, un deseo casi utópico de madurez, tomó fuerza de la noche al día y, sin más dilación, se materializó: “¿Y si nos mudamos a un piso nuevo, dejamos atrás al pornocasero, la misión imposible de aparcar en el centro y creamos un nuevo hogar…? Nuestro pequeña familia de cuatro…”

Hoy me sigue sonando tan pretencioso como entonces, pero ya estamos aquí. Bajo nuestro nuevo techo, en nuestras habitaciones, haciéndonos cargo de nuevas responsabilidades y tareas que, la verdad sea dicha, no podemos afrontar, y que, sin embargo, ha creado a nuestro alrededor cierta sensación de felicidad e ilusión pueril. Esta casa tampoco es nuestra, es más cara, no hay lavavajillas que nos facilite la existencia ni evite discusiones y quedan vestigios de humedades en mi habitación que ya se están haciendo notar en mi salud. Pero todos los gastos son nuestros y corren de nuestro crédito… y eso, insensatamente, nos llena de dicha.

Durante casi dos años he vivido en un piso alquilado, en el centro de la ciudad, a dos pasos de tiendas, locales de ocio, monumentos y todo eso que convierte al casco antiguo, sus angostas calles, sus oscuros callejones, sus edificios ruinosos y peculiares habitantes en “una buena zona”. Hace casi dos años, yo huía de mi Fran, su amante y todo el circo que les acompañaba. A la vez, ansiaba, como todos, oportunidades, sueños y futuro, nuevas salidas y escapadas en la ciudad-marco de mi juventud, esos dorados años de universidad, las fechorías de pseudosoltera o comprometida libertina, mis amigos, mis calles, mis amantes y nuestros escenarios. Este era el lugar en el que mis sueños se hacían realidad y aquel patio andaluz, escondido entre tenebrosos  callejones, rodeado de macetas, niños especialmente ruidosos y algún viejo chalado; parecía el nido ideal en el que volver a empezar, además, por muy buen precio.

Durante casi dos años he compartido con otras personas de distintas procedencias, destinos y variados estilos de vida, aquellos 70metros cuadrados de hogar. Unos iban y venían y otros se quedaban. Para ser más exactos, uno de ellos, el pornojano, era elemento perenne e inalterable. El chico en cuestión, era nada más y nada menos que el propio dueño del inmueble, un hombre joven, apuesto y, tal vez, también inteligente que, como cirujano residente podía, sin problema, vivir tranquilo y solo en su propia casa, pero que prefería compartirla con gentes y culturas distintas que le enriquecieran y aportaran otros puntos de vista

Los variables, aquellos que fueron mis compañeros con fecha de caducidad fueron varios. El primero, Fariñas, un gitano de Cádiz, con arte, simpatía y poco gusto por las tareas domésticas que, para mayor honra, se ganaba la vida cantando en tablaos de aquí y allí.  Sobrevivía recordando a “su mujer”, la gitana 15 más joven que él, con la que discutía vía telefónica hasta altas horas de la madrugada… (cada noche parecía ser la última) y a la que cada mañana (mañana o tarde, el artista amanecía pasado el mediodía) amaba un poco más. Después serían un par de belgas, cada una a su tiempo, por suerte. Chicas tan rubias como lánguidas, como lechosas, como extrañas, como casi simpáticas, como difíciles de soportar. Con dietas imposibles, hábitos de vida insalubres y la mano muy suelta. ¡Cómo disfrutaban con los dulces ajenos! Concretamente, con los que yo atesoraba. Salí ilesa de la experiencia internacionalizadora y también más sabia, o simplemente más vieja. Hoy recuerdo con una sonrisa aquel día en que encontré el salón anegado de guiris, ropa interior usada y platos de macarrones resecos. Mi corazón se detuvo y de mi garganta brotó la verdad: ¡Me cago en el cosmopolitanismo!

Con la partida de las belgas, llegó mi alivio. El alivio con el sabor más agridulce conocido. ¿Quién sería el nuevo residente del patio andaluz? ¿Cuáles sus cualidades? ¿Ladronzuelo?, ¿Glotón?, ¿Ruidoso? ¿Excesivamente sucio? La sorpresa llegó con Isabella, gaditana, reducida y enormemente feliz. En poco tiempo congeniamos y pasamos las tardes riendo, burlándonos de todo y, sobre todo, del pornojano. De quien yo aseguraba dedicaba buena parte de su tiempo de ocio al consumo de porno y el consiguiente autodisfrute. Era buena gente el pornojano. Como con Isabella, el tiempo junto a Leticia fue divertido y pasó ligero. Era canaria, se movía al ritmo del trópico y paseaba por la vida, calmada y pacífica, como sólo los “afortunados” saben hacerlo.

Parece que fue ayer y parece que ha sido un sueño largo y delicioso, del que no ha habido más remedio que despertar.

Ahora escribo frente a un balcón. Pasan coches a toda prisa, veo árboles y oigo pájaros. Esta casa es más tranquila, más silenciosa… tanto que los vecinos se molestan si me oyen cantar. Este barrio es perezoso, más oscuro, no hay macetas en las escaleras, ni niños en el patio, ni vecinos locos. Ahora cajas llenas y otras tantas vacías. Algunos remordimientos y miedos a partes iguales. Imagino que este es el precio, el paso ineludible, el único camino para aprender y hacernos mayores.  

miércoles, 8 de septiembre de 2010

AFRODITA

Afrodita, de
Isabel Allende
En su libro `Afrodita`, Isabel Allende, evocando a la diosa griega del amor, mezcla cuentos con recetas de cocina heredadas de su madre, para sumergirse en el mundo de la sensualidad ignorando tabúes y tapujos. Rescatamos la clásica y muy criolla ensalada chilena. Un plato para tener en cuenta en el menú del Día de los Enamorados.


La devastadora experiencia que fue velar a su hija Paula, en coma a lo largo de casi un año, llevó a Isabel Allende a encerrarse en sí misma, a solas con el dolor. Pero, de repente, una noche soñó que se tiraba a una piscina repleta de salsa, y a la noche siguiente imaginó que se comía a Antonio Banderas, enrollado en una tortilla mexicana y sazonado con guacamole. Entonces comprendió que había terminado el duelo. Tomando como enseña el apetito y el sexo ("ambos preservan y propagan las especie, provocan los cantos y las guerras"), este libro es una desenfadada recopilación de consejos para retener a un amante y una oda muy personal a la sensualidad.

Es mágico, es, simplemente, Allende.

NOSOTRAS QUE NO SOMOS COMO LAS DEMÁS

Portada del libro
de Lucía Etxebarría
"María acaba de sufrir un abandono sentimental. Raquel se ha visto forzada a dejar a su amante, un hombre casado. Elsa no consigue recuperarse del trauma de una violación ni Susi de la muerte de su hermano. Las cuatro viven solas, sin compañeros sentimentales, sin hijos y lejos de sus familías. Las cuatro se mantienen a sí mismas y comparten la misma ciudad, una aglutinación de colmenas y antros, donde conviven las mujeres de serie A y de serie B, donde nadie conoce a nadie y donde a nadie le interesan los problemas de cuatro mujeres solas. Esta novela plasma una mirada disidente sobre los roles tradicionales femeninos enmarcados dentro de la lógica (o ilógica) de lo que se ha dado a llamar el capitalismo tardío: el papel sexual femenino, las relaciones entre mujeres, la supuesta guerra de sexos y la reivindicación de la propia identidad en una sociedad empeñada en negársela, no sólo a las mujeres, sino a todos los individuos con sentimientos."

Estoy descubriéndolo, paladeándolo y me encanta.

martes, 7 de septiembre de 2010

Un día, como otro

Hecho de menos algunas cosas en días como los de hoy en que sólo puedo sentirme burra y esclava, esclava y tonta, tonta y desgraciada, desgraciada y lejos de la salida.

Mi jefe es especial. Especialmente difícil, injusto y ... mayor. Supongamos que todo es cuestión de edad.

Cuando mi jefe me grita por los fallos que él comete, yo quiero saltar por la ventana y correr hasta donde no me alcance.
Cuando mi jefe se dirige a mi como a una subnormal (el término es correcto, que no despectivo), yo quiero gritarle cuán torpe es él, cuántos fallos comete y yo soluciono, cuánto daño hace a todos los que se acercan hasta aquí, cuántas mentiras reproduce, cuántos engaños multiplica, cuánto le odio y cuánto deseo alejarme de esta oficina.
Cuando mi jefe aparece, tiemblo, insegura y extraña a mí misma. Cuando mi jefe entra al despacho y cierra la puerta, no puedo respirar, siento que voy a vomitar, necesito gritar.

Qué difícil es ser mujer y ser joven, ser mujer y ser pobre, ser mujer y ser extranjera, ser mujer y comer cada día, cuidar una familia, pagar facturas y emprender sueños. Qué difícil es ser esclava y tener este dueño.

Tengo una amiga

Tengo una amiga extraterrestre,
tiene los ojos del universo y una luna en la cara.
Tengo una amiga de otro planeta,
que igual me quiere, que igual me mata.

Mi amiga no es de este mundo,
¡ni falta que le hace!
Mi amiga es distinta y es parecida
a todos los que no son iguales.

Tengo una amiga extraterrestre,
tiene la piel color de Venus,
y tiene boca sabor a Marte.

Tengo una amiga y es un tesoro,
cuando se ríe y cuando llora y si lo hace todo a la vez.
Tengo una amiga que es del revés.

Mi amiga es eterna o es un instante y no me importa,
sé que me miente, sé que se engaña, sé que está loca.
Pero es mi amiga, mi nueva amiga y nueva hermana,
quiere ser bruja y quiere ser hada,
pero no sabe que aunque no crea y no lo quiera,
sólo es humana.

Mi amiga, la extraterreste,
a veces ama y a veces duerme,
todo es un caos en su planeta,
por eso, de vez en cuando, baja a la Tierra,
y con su pelo y con sus bailes,
alegra el día a los mortales.

viernes, 27 de agosto de 2010

Tú, yo y las mil y una noches

Diez días lejos de Juan Antonio y toda una tesina sobre lo que hice mal y no quiero repetir, lo que admití, lo que toleré, los mínimos, los básicos, lo que puedo esperar y lo que recibo de una relación. “Las ruinas de los amores pasados han dificultado el camino -se resigna Juan Antonio- pero no lo han hecho imposible”.

Durante aquella semana larga tuve tiempo de pensar en él, en mí y en nosotros, en los puntos y las voces a favor y en aquellos otros en contra. Nuestra historia tenía algunas conexiones con lo que recordaba de la primera, pero, al fin y al cabo, no era la misma, ni remotamente. No había más Fran, ni más otra. Era Juan Antonio, eran sus añadidos y era yo. Yo, que ya no era la misma.

Nos volvimos a ver, un sábado por la tarde, con un motivo muy especial. El estreno de MAMMA MÍA, EL MUSICAL. Servidora, revuelta de los nervios por el debut, por el público, por el reencuentro... ¿seguiríamos siendo los mismos?, ¿La distancia y el tiempo habrían calado entre nosotros?, ¿Algún rencor? ¿Quizás, alguna duda?

Lo esperé al final de la carretera, al principio de mi lejano pueblo. Había recorrido muchos kilómetros para acompañarme, algo bueno debía haber entre nosotros y aún así, temblaba de miedo. A penas detuvo el coche, saltó de él y vino corriendo hacia mí. Nos abrazamos fuerte y nos besamos en silencio. ¡Cuánto le había echado de menos! Se disiparon los fantasmas, se congeló el reloj y allí seguíamos, él y yo,  nosotros dos.

Se ha colado dentro, ya no hay marcha atrás.

Unos días después, ya de vuelta a la realidad, hablábamos de nuestras cosas, en la comodidad del sofá. Entonces, Juan Antonio me propuso un plan, una idea muy distinta a la de cualquier otra tarde... “¡Vámonos a Marruecos!”

Marruecos. 

He soñado con Marruecos desde los ocho años, cuando mis padres, en una visita relámpago, visitaron medio país y volvieron estremecidos y aterrados. No me impresionaron ni un ápice, no me atemorizaron ni por un instante. Seguramente persiste en mí alguna especie de conexión mística, debe quedar algo de los Omeyas en mis venas. Me moría por conocer Marruecos.

“¡Vámonos ya! En cuanto tengas un hueco, ¡busquemos un vuelo, un hotel, es muy sencillo!”

Marrakech, Juan Antonio y yo. Toda una prueba de fuego para lo que nos traíamos entre manos.

¿Sabéis de lo que os hablo? ¿Conocéis Marruecos? ¿Conocéis Oriente? He oído mil recomendaciones sobre lo que hacer y lo que no, lo que comer y lo que no, dónde ir y de dónde huir. Y, la verdad, nada es exactamente como cuentan. Creo que, en realidad, no se puede contar.

Marrakech es como el principio de todo, el comienzo de los hombres y las mujeres. Los hombres y las mujeres antes de todo, antes de vestirse y antes de desnudarse, antes del conocimiento y de la mezcla, antes de los envases, los conservantes, los antitranspirantes, los dermoprotectores y los antibióticos. Marrakech es tan pobre y tan real. Es tan rico y tan mágico.

En Marrakech los niños sonríen sin una videoconsola a cambio, en Marrakech las mujeres seducen sin destapar un velo, en Marrakech los edificios se confunden con las montañas, los jardines con los oasis, las noches con los días. En Marrakech los gatos reinan, el agua es venenosa y las piedras púrpuras. Puedes morir al probar la carne y resucitar con semillas milagrosas de anís. Puedes perderte entre dos calles o en la cima del mundo, en pleno desierto, donde sólo habitan rayos y truenos, donde la tierra es blanca y los hombres azules, como sus ojos bereberes. En Marrakech puedes hacer amigos en los rincones, sin decir una palabra, sin entender una palabra, sólo en el roce de una caricia. Fuimos tan ricos en Marrakech y tan diminutos ante sus palacios y sus murallas. Fuimos distintos y fuimos como todos.

Marrakech es el inicio de los hombres, de las ciudades y las sensaciones. Quiero volver.

La llamada “prueba de fuego” resultó ser maravillosa, y ni compartir cada hora del día, ni las inclemencias, ni las diferencias, ni las dudas, ni los miedos entraron en el equipaje.

Cada momento juntos nos une y nuestro viaje también lo hizo. Cierto es que en nuestras tardes y nuestras noches, nuestros cines, cenas y almuerzos. Los paseos, los pequeños planes y los medianos nos muestran una cara muy amable de nosotros mismos. Cierto es que convivir y compartir cada minuto de la jornada es distinto, como distintos somos nosotros. Tenía miedo de descubrir en él detalles que me repelieran, pero Juan Antonio no decepciona así como así y así mismo, me volví a enamorar.

Supongo que este nuevo estado de embriaguez y psicopatía no es tan malo, como no eran tan oscuras las calles de Marrakech. No me reconozco y me siento tonta por momentos, lloro sin razón y río sólo con verlo.

Después de África y sus misterios, Juan Antonio quería seguir compartiendo y descubriendo. Quería enseñarme los callejones que recorrió, aquellas montañas que escaló y las cascadas en las que se bañó.

Este no ha sido el verano de los viajes de 5 ESTRELLAS-TODO CONFORT. Por el contrario, ha sido el verano más extraordinario y divertido que recuerdo. Sin bronceado, ni fines de semana bajo el sol, el nuestro ha sido el verano más improvisado y cuidado al detalle que nadie me ha regalado.

Necesitábamos separarnos y vernos perdidos desde nuestras orillas, cada uno a su lado del río, más tranquilos, entre los nuestros, nuestros iguales, los de siempre, los de nuestro estilo. Tan seguros, como incompletos.

Alguna vez me dijeron que Juan Antonio y yo no tenemos nada en común y no es exactamente así. El día que nos conocimos, cada cual aterrizó desde su planeta, armado hasta los dientes, con el manual de prejuicios y la estrategia de guerra bajo el brazo. El día en que nos mezclamos, construimos una chabola, espontánea y temporal en medio de ninguna frontera, entre fango y matorrales; pero aquella eternidad en que nos echamos de menos y nos atrevimos a llorar, sembramos profundas las raíces de un hibrido que nadie puede calificar.

lunes, 23 de agosto de 2010

Antecedentes 4ª Parte. Lavando trapos.

Me temblaba el pulso al pensar en lo que aquella noche podría conseguir, las cosas que Fran llegaría a decir y yo podría captar. Las consecuencias que tendrían mis actos y los suyos. Recuerdo que diluviaba y le esperé en mi coche, con el teléfono móvil preparado. “Multimedia”, “Grabadora” y aquel botón rojo, parpadeando, esperando a mi decisión. Qué hacer con su testimonio, era una cuestión que aún no había definido. ¿Tomar la revancha?, ¿devolverle cada momento de dolor?, ¿dañarla a ella? Pero ¿así? ¿De manera tan gratuita, sin previo aviso, espontáneamente?

¿Acaso yo necesitaba pisotearlos?

Había sobrevivido a la guerra de las rupturas, las infidelidades y las humillaciones públicas. Mi corazón y mi coraza se habían regenerado en tiempo record. Volvía a caminar tranquila, seguía amando libre, esperaba que los días se llevaran sus nombres y las sombras de los hechos. Yo no quería herir a nadie. Yo sólo quería vivir en paz. 

Pero este no es un cuento de los Grimm y los designios divinos, por lo normal, tampoco son justos. Más me valía hacerme con las cartas necesarias para, sencilla y llanamente, REPELER MOSCAS, CALLAR BOCAS, TIRAR BASURAS y, por supuesto, ALZARME VENCEDORA.

Es necesario aclarar en qué punto reside la victoria, porque, con los años, nuevas circunstancias y personajes se sucedieron en mi vida, hoy vuelven a hacerlo; y la realidad, en mis ojos, también es la misma. Me dicen mis amigos: “Lucha por él, acaba con esa zorra. Machácala. Dile que no quieres que vuelva a verla. Prohíbele hablar con ella. ¡Pelea, pelea, pelea!”

Pero no quiero pelear. Nunca lo hice. ¿Pelear por un hombre? ¿Acaso es un trofeo? ¿Quizás puedo convencerlo de que mi amor es el más conveniente, de que es más feliz a mi lado? No hay que persuadir a nadie de algo así. Convertirlo a mi religión, atarlo a mi relación, condenarlo a mi futuro. Pelear por él, como se pelea por una medalla o por un reino. Pelear por un corazón. Músculo que por sí sólo decide y experimenta. Órgano maduro, independiente y espontáneo que, por su naturaleza, no atiende a razones, reflexiones, ni artimañas. Convencerle o eliminar a la competencia, como si así pudiera hacerle olvidar.

Si me quiere, lo sabe, lo siente, no puede evitarlo. Si la quiere, la querrá aun si lo raptara y llevara muy lejos, incluso rociando de ácido su recuerdo. Si su voluntad es estar aquí o allí, sólo él puede saberlo, sólo él debe elegirlo y yo y ella... no podremos más que acatar esta regla.

Nunca peleé por él y no es un orgullo. No hay sentido en tal pelea. Le expliqué e intenté comprender, le lloré y extrañé y aprendí a vivir sin él. Porque no pude concebir, ni concibo, la mínima duda en cuanto a lo que late. Me he planteado mil veces la conveniencia de las relaciones, lo justo o no de los comportamientos, lo sano de las entregas y sacrificios personales, pero no dudo cuando quiero, ni de cómo lo hago. Porque, una vez más, se sabe, se siente, no se puede evitar.

Lo sensato era hacerse cargo de la verdad. Fran ya no me amaba, había rehecho su vida... pero, ¿Por qué ese empeño en volver y revolver, en explicar y reexplicar, en prometer y pedir perdón, en culpar a otros y eludir responsabilidades? Fran salió y entró en mi lista de asuntos por resolver muchas más veces de las que quise. La otra, no llegó a salir.

Cuando una pareja perece como tal, los daños por ambas partes son lo suficientemente terribles para marcar la memoria por algunos años. No hay necesidad alguna de incluir a terceras personas, sus impresiones, sus inquietudes, sus conflictos y perspectivas. Es algo así como rizar el rizo, como ahondar en la herida, como revolver excremento y disfrutar con ello. Mucho más si se hace de manera torpe, ignorante y atrevida.

Lo cierto es que lo que aquella noche me disponía a grabar no me serviría para perjudicar a Fran. La prueba irrefutable que me regalaban  valdría para derrocar de una vez al imperio de la injuria a todo aquel y toda aquella que se atreviera a decir que YO perseguía a Fran, que YO sometía a Fran, que YO retenía a Fran, que YO insultaba gratuitamente a todo el mundo, que YO, VÍBORA DEL DEMONIO, me encargaba de sembrar dolor y separar a los enamorados.

Fran no me decepcionó. Conforme entró en el coche, rompió a llorar y me dijo: "Te quiero. Te quiero y muchas cosas más. Te quiero y  siempre lo he hecho. Te quiero y no quiero renunciar a ti. Te quiero y he entendido, por fin, que hay cosas por las que merece la pena renunciar a otras. Te quiero y me separaré de mis amigos. Te quiero y si ella no me hubiera reclamado, yo jamás la habría aceptado. Te quiero y, si tu no me quieres, me valdrá tu amistad. Te quiero, pero si me rechazas, volveré a sus brazos, porque yo no puedo estar sólo.  Te quiero, pese a que lo he hecho muy mal, te quiero y cuanto te digo es verdad".

Sin lugar a dudas, mentía a la misma velocidad  a la que hablaba. El porcentaje de embustes era proporcional al de sus lágrimas. Cuántas locuras dijo en aquellas horas. No estoy segura de que no supiera que mi teléfono recogía cada una de sus palabras. Él hablaba, la grabadora grababa y yo me estremecía al pensar en su desvergüenza, en su atrevimiento, en su frialdad y falta absoluta de sentimientos. Apostaba y apuesto, que sus argumentos eran idénticos cuando se dirigía a ella. Seguramente, yo le asediaba, yo le buscaba, yo despertaba su pena...

El hombre y ese turbio espacio de su mente en que crea y destruye a la par. Fran se perdió en el maremágnum de faldas y el papel de hombre liberado le quedó grande. Días después, ella volvió a dirigirse a mí entre insultos y maldiciones. Sin ánimo para discutir, llamé a Fran y expresé mi sentencia: “Tú me metiste en este desbarajuste y tú me vas a sacar. Olvídame para siempre, Fran, olvídame, no vuelvas a acercarte a mí, a hablar de mí o pensar en mí en los días que te queden de vida.”

Siempre fui de dramaturgia cotidiana. No lo puedo evitar.

Mientras alejaba el teléfono de mi oreja, oía su voz, gritándome “...pero yo te quiero, yo te quiero...” Realmente, mantengo la duda.

Acto seguido, envié por email las piezas de nuestra conversación, aquella noche del principio del otoño, aquella noche de lluvia y confesión. Creo que las escuchó, desconozco el efecto que causaron entre ellos dos. Lo que sé es que no hubieron más declaraciones de folletín, ni más reproches, ni más molestias, ni más enfados.  

Las grabaciones quedan a buen recaudo en la memoria de mi teléfono, junto con los mensajes que apoyan estas palabras, ¡nunca se sabe! El recuerdo del tiempo juntos y felices, queda en muchas fotografías, en sus cajones y en mis anécdotas, las que mantengo con cariño. Lo que perdí o se llevaron ya no es mío, lo que dolió, todo lo que me hizo daño, debió diluirse en otras lluvias, lo arrastraría esta brisa, lo incinerarían otros besos, lo callaron tantas risas...


Audio: A buena hora. Sergio Dalma.

jueves, 19 de agosto de 2010

Antecedentes 3ª Parte. Recoges lo que siembras



Las rupturas con Fran y Clemente debían procurarme la paz necesaria para vislumbrar algo de razón entre tanta locura. Sin embargo, las circunstancias precipitaron los acontecimientos.

Descubrí que alguna de mis amigas era actriz a tiempo completo y durante 5 años, que se dice pronto, había tramado, trazado y urdido un maléfico plan para... aún no sé para qué. Cuando la verdad se pavonea frente a tus ojos y tú no eres capaz de verla, corres el peligro de que la verdad se convierta en tigre y te devore. En mi caso, fue así. Me propinó zarpazo tal, que dejó parte importante de mi confianza, mi autoestima y mi espíritu por los suelos.

No sólo los hombres son infieles. También nosotras podemos desplegar crueldad y sadismo en grandes dosis ante los corazones ajenos. Aquella amiga, quien fue mucho más que una compañera y cómplice de travesuras, debió reproducir dentro de sí, mucho veneno y muchos fantasmas que inyectó lento y constante en mis venas. Me alegro cada día de haber descubierto la verdad, por dura que fuera entonces, por lágrimas que derramara, por estúpida que me hiciera sentir.

A la bofetada inesperada siguió la enfermedad y muerte de mi abuela.

Mi abuela, la alegría de su calle. Mi abuela, la locura de mi casa. Mi abuela inolvidable y ausente en su borrosa mente, en su mirada perdida, sus juegos, sus ocurrencias, sus desaciertos, su sonrisa torpe, inocente. Mi abuela, inalcanzable cuando el Alzheimer se la llevó lejos. Mi abuela aguda, traviesa, fantástica. Ya no callaba nada por miedo a molestar. Gritaba fuerte y se reía con cada picardía que inventaba. Mi madre se sonrojaba y yo me sentía orgullosa de aquella mujer, injustamente envejecida por el olvido.

“Charito, estás fatal de la cabeza”- le decía a carcajadas, con los ojos llenos de lágrimas.
“¡Y es verdad! ¡Estoy loca de remate!”- Me respondía, sin reparos.

Mi abuela dejó tanto vacío. Dejó tanta soledad en casa. Dejó tantos momentos que recordar, por los que reír y llorar.

Cuando mi abuela empeoró, yo estaba algo lejos de casa. Siento tanto no haber podido dedicarle más tiempo... En mi lugar, Fran adquirió el papel de hijo ejemplar y acompañó a mi madre en cada noche de hospital, en cada día, con sus interminables horas. Nunca se lo agradecí lo suficiente.

Me conmovió tanto, me devolvió la fe a raudales en todo lo que fuimos y dejé marchitar. En poco tiempo, retomamos el intenso cariño que creí que guardábamos. Lo creo, porque no estoy segura. Los secretos y verdades a medias se extendieron demasiado entre nosotros. Ahora, con el tiempo de barrera, no logro enfocar la realidad de aquellos días. No podría afirmar nada. Si me quiso y lo perdí, si me perdió y huí. Si nos quisimos y desgastamos o quizá sólo se rompió el amor... de tanto usarlo.

A grandes rasgos, lo que ocurrió durante mis ausencias y mis días deseosa de libertad fue que Fran, cariñoso, atento, maduro e inocente, cordial, solidario y generoso; conoció a otras personas. Otras chicas llegaron a su vida y alguna de ellas le prestó el hombro en el que necesitaba apoyarse. Se lo agradezco. La distancia me permite ver cuánto daño hice, cuánto necesitó a aquella niña. No conozco demasiado de ella, aunque, haciendo gala del sexto sentido de bruja que despilfarro, me hago una idea de lo que representaron el uno para el otro. Fran me devolvió el daño. Administró la misma medicina, exacta, a la relación, aunque admito que la mejoró añadiendo a los cuernos un plus de la publicidad. Para todos, en mi remoto pueblo, ella era su novia y yo... yo debía andar por algún paraje lejano de la Patagonia.

Este orgullo mío vilipendiado, sacudido y desnudo en medio de la ruralidad. Esta vanidad y el savoir faire pisoteado, barrido y olvidado. ¿Dónde queda la inteligencia adquirida durante tantos años de enseñanza superior? ¿Dónde la evolución de la humanidad en materia de estar y transcurrir? ¿Era necesario pasearse por el medio del campo de la mano de... otra? ¿Castigo justo, ensañamiento o absoluta falta de sensibilidad gástrica?

Me di por aludida, por ajusticiada y reducida.

Lloré durante dos semanas, día y noche. Sin descanso. Sin respiro. Sin sentido. Durante dos semanas, caía en mi cama, cada atardecer, rodeada de nuestras fotos. Necesitaba oírle y rogarle.  Era preciso explicarle que no me importaba su engaño, que yo lo había hecho durante mucho tiempo y él estaba por encima de todos los demás. Quería advertirle de que otros no importaban, que estaba perdonado, que entendía su venganza, que le quería, que le amaba y lo necesitaba... Cada atardecer, durante dos semanas, el llanto me sumía en el sueño y la mañana me sorprendía vestida, llorosa, dolorida y perdida en mi cama, con nuestras fotos coronando mi cabeza, con la única compañía de un ferviente deseo: “dime que todo ha sido un sueño”

Realmente, sufrí. Era lo lógico. Era lo propio. No podía ser de otra manera.

A lo largo de algunos meses, no quise volver a nuestras calles, nuestros lugares y momentos juntos. Durante muchos días, viví atormentada por las miradas de los demás, por los comentarios, por esa sensación de exposición que significa la vergüenza. Algo así a una lapidación en directo.

La historia entre Fran, la otra y yo se complicó a medida que él se empeñaba en cambiar de brazos, cada cierto tiempo. Efectivamente. Era diciembre del 2007 cuando Fran determinó que no existía arreglo para aquel entuerto y me dejó. Luego, abril del 2008, Fran decidió que no soportaba vivir sin mí. Y, después, julio del mismo año y no podía vivir conmigo. Tuvo que llegar septiembre para que de nuevo Fran cambiara de opinión y viniera en mi búsqueda y captura.

Siento ser recurrente, pero debo dar las gracias, una vez más, al tiempo, que todo lo cura (según en qué lo emplees), por permitirme rememorar aquellos tiempos sufridos y agotadores como una ilustradora experiencia.

Sus idas y venidas se aderezaban con mis otros amores y los ataques de furia de la tercera en cuestión. ¡Todo un circo! ¡Toda una sensación!

Dicen que a la tercera va la vencida, se entiende, si te apetece y te ves con fuerzas. La segunda vez que Fran me expuso sus dudas, julio del 2008, no le dejé terminar la frase. La demente que duerme en mí gritó, pataleó, le insultó y golpeó. Someterme, por segunda vez, a la humillación anterior no entraba en mi receta de una vida saludable. Recuerdo que pasamos juntos y encamados, inexplicablemente, los tres días siguientes. Es posible que necesitáramos despedirnos. Para mí era una despedida. Para él, un hasta luego.

Cuando algunos días después, el 21 de septiembre, para ser más exactos, Fran quiso que volviéramos a hablar, yo comencé a temblar de miedo. No se me ocurría forma más masoquista de comenzar el otoño. Mientras duró la tortura de las infidelidades, el ahora tú, ahora la otra, ahora una más, no sólo la incertidumbre hería, también lo hacía la cojonera de la chica, que empeñada en que yo tiraba la primera piedra, se veía capaz de lanzarme gritos desde su coche, hacer bromas en torno a mí e inventar chistes a mi costa. Ya era suficientemente desorientador tener un novio o no-novio inseguro, como para tener que lidiar también con su mascota temporal. Mi prima me aconsejaba: “¡Ve! A ver qué quiere... a ver qué inventa ahora”.

Nunca creí que sería capaz de algo así, me creáis o no, pero aquella noche en que la ocasión, calva y empapada de lluvia, se dio, acepté escuchar a Fran, por última vez. Escucharle y hacerme con las armas que me propinaran la libertad absoluta, las herramientas necesarias para callar a la pueblerina infeliz que me atosigaba y al resto de sus amigas, los instrumentos idóneos para limpiar mi imagen, acabar con los monstruos y enterrarlos bien hondos. Aquella noche acepté escuchar a Fran grabadora en mano...

Ups! ¡Qué tarde se me hace! Un poco de paciencia, por favor. Más, mucho más, en próximas entregas. 

martes, 10 de agosto de 2010

Repitiendo esquemas. Antecedentes, 2ª Parte.


Me está costando escribir más de lo que imaginé. No me faltan las ideas, los recuerdos, ni mucho menos, los recursos. Es que había olvidado la condición cíclica de la historia y esa característica suya capaz de devolvernos experiencias pasadas con nuevos nombres, nuevas palabras y nuevas caras.

El verano está siendo maravilloso aunque las vacaciones brillen por su escasez. Los momentos de descanso me recuerdan la buena gente que me rodea, la suerte que gasto de tenerlos y disfrutarlos. Los tímidos planes que empezamos a hacer, las aventuras épicas que deseamos correr, los sueños que se cumplen sin avisar, las espinitas que se desprenden de la piel, sin esfuerzo, por su propio peso, por su insignificante peso.

Pero es inevitable, no conozco ser humano que viaje sin equipaje en este crucero. Todos cargan su maleta, su mochila, siquiera un neceser. Todos arrastran pasado o presente, aquello de lo que no se libraron, aquello que aferran con fuerza al alma. Los rencores o los miedos, las inseguridades, la soledad o la verdad a gritos. Y no dispongo de la fuerza suficiente para acallarlos, anularlos, exterminarlos o largarlos a algún lugar lejano de la Antártida.

Tenemos derecho a escribir, a leer, a sentir y opinar. Tenemos derecho a inmiscuirnos, a intentarlo, a gastar la última bala. Tenemos derecho, porque no hay jurisprudencia que lo contemple ni regule. Y no hay más remedio y salida que bañarnos es un buen aceite aromático, uno fabricado de certezas, de hechos y su peso, de nuevo; para que todo resbale, hasta abajo, a la altura de los pies, donde es más fácil dar un pisotón.
 
Me estaba costando escribir, hasta que me lo he propuesto. Como todo, acabar con fantasmas del presente o del pasado, es cuestión de valor y determinación. Voy a buscar algo de eso dentro de mí y seguiré haciendo lo que hasta ahora, meter la pata, diciendo todo lo que se me pasa por la cabeza, por irreverente que sea, voy a seguir con mis formas, sin adornos, sin sobreactuaciones, ni disfraces, ni complementos. Sin excesos, aún no necesito gritarlo, para que quede claro, no necesito auto-confirmarme, no necesito espantar temores. No puedo más que caminar desde estos andares, en estos zapatos, de tu mano, con mi bagaje personal y mi billete hacia delante.  

La cuestionada y por todos valorada relación con Juan Antonio me devolvió recuerdos de las formas y contenidos propios de los amores consolidados o, al menos, de los duraderos. Esos que me hacen temblar, por muchas razones. Ya lo he dicho, se remonta a algunos años atrás mi última experiencia con los formalismos. Fue tan ajetreada,  que ni ganas me quedaron de repetirla. Supongo que, como decía más arriba, lo inevitable cae por su propio peso.

Fran, el que iba a ser el padre de mis hijos y yo nos distanciamos poco a poco con la llegada de Clemente a mi agenda. Aquel chico sencillo y simpático, se presentó ante mí denominándose PIZZERO. Un desayuno, un paseo y una primitiva a medias después, ya imaginábamos mejores azares.

 “Si nos toca, ¡dejas a tu novio y te vienes conmigo al Caribe!”

Esa misma tarde descubrí que Clemente no era exactamente pizzero, sino el heredero de todo un emporio de restaurantes italianos de sugerente carta y altos precios.  A su naturalidad y humildad, se sumaba su facilidad para idear planes divertidos.

De repente, no me costaba nada salir de mi habitación y su oscuridad, saltar a la calle y dejarme llevar por la noche, por Clemente, sus amigos, sus conocidos, sus fiestas eternas, sus entradas triunfales en cualquier lugar, las miradas de otras, los reclamos. Todo el mundo conocía a Clemente. Clemente podía hacer y deshacer a su antojo. Podía elegir a cualquier otra, gastar cuanto quisiera, Clemente era joven, guapo y rico... y mío.

Seis meses después, mi cabeza era un pisto de nombres, vidas y rutinas paralelas. Clemente conocía la existencia de Fran y aceptaba resignado el papel que le había tocado desempeñar. Fran, por el contrario, no era tan consciente de mi doble existencia y todo lo que ella me reportaba. A los desacuerdos con Clemente le seguían arrebatos de crueldad, con infidelidades incluidas. Ser infiel al otro con otros es toda una paradoja. Creo que durante aquel tiempo sufrí trastorno de personalidad, bipolaridad e ¡incluso agujetas!

Por todos los medios intenté cuidar a Fran, que no notara nada, en pro de no crearle un solo instante de sufrimiento. Él no podía dedicarme más tiempo y yo necesitaba seguir experimentando. Llegué a creer mis propias razones frente a las reprimendas de mis amigos,

“Clemente es el antídoto para la distancia que me separa de Fran. Sin él, andaríamos a la gresca a diario. El sexo sólo es una actividad física y todos los demás... todos los demás no me importan, no son tantos, no recuerdo sus nombres, no volveré a verlos.”

Siempre tuve una imaginación revoltosa y facilidad para lanzar pelotas fuera. No estoy muy segura, pero creo que realmente creía mis excusas. Yo no diría que fui una zorra. Simplificar a ese nivel es primario, es facilón, es pueril, es cobarde. Diría que sobreviví, fui una superviviente, una luchadora emocional. Quería a Fran. No merecía sufrir y, ya sabéis, no le guardo ningún tipo de rencor.

Era una situación insostenible. Una mina a punto de estallar y a mí me faltaban soluciones para reducir los daños colaterales.

Creo que era abril o mayo de 2007, rompí ambos lazos. Retengo borrosos los detalles de aquellos días. Me parece que intenté agilizar la tortura, imagino que intenté matizar sufrimientos, sé que no le dije la verdad a Fran en un intento de hacer realidad aquello de que ojos que no ven... Sé que fue amargo.  Cierto es que estaba cansada. Vivía atormentada. Di el paso segura.

Mi intención era evaluar el desastre, someter a estudio los niveles de contaminación de mi cuerpo, ¡en sentido figurado, vaya! ¿Hasta dónde habían calado las mentiras?, ¿Qué proporción de mi corazón tenía salvación?, ¿Quedaba algo de amor entre nosotros, entre cualquiera de nosotros?


Audio: Cómo hablar. AMARAL.

martes, 3 de agosto de 2010

Antecedentes. 1ª Parte

El tiempo que Juan Antonio y yo estuvimos separados, 10 días en total, me permitió repasar el ritmo que habían tomado los acontecimientos, cómo estos consiguieron transformar nuestros comportamientos, nuestras miradas y nuestros sentimientos. ¿En qué momento perdí las riendas de esta historia y caí en la red? ¿Cómo lo hizo, cómo consiguió que no me diera cuenta de que estaba entrando en mi vida? ¿En qué fase del envenenamiento me hallo? ¿Existe antídoto?

Mis últimos recuerdos sobre relaciones, estabilidad, planes y seguridad se remontan a muchos años atrás. Unos 3 ó 4... Quizás, menos, pero a mí me parecen una eternidad.  Será que no le guardo rencor.

Mi relación con Fran fue por una larga temporada, la historia más importante que había tenido.  Nos conocimos jóvenes, después de un año sabático en lo referente a la emoción. Fran apareció en mi vida cubierto de un halo de madurez, protección y cariño insólitos. Se atravesó en mi camino y parecía dispuesto a no dejarme escapar.

Haciendo un pequeño esfuerzo, puedo revisar los primeros tiempos, dulcemente difíciles, marcados por la distancia. El tiempo y el espacio, dos constantes en nuestro amor. Durante una época demasiado largo fuimos 4, efectivamente, el Tiempo, el Espacio, Fran y yo. Después, fuimos más, muchos más, aunque no le guardo rencor.

Tengo que admitir, y él también debería hacerlo, que arriesgamos y apostamos mucho el uno por el otro. Discutí con mi padre mil y una vez por defender los derechos de nuestra relación, por pasar unos días a solas con él, por dormir juntos, por protegerle, por ayudarle, por apoyarle o sacarle del atolladero. Era lo mínimo que podía hacer. Me hacía muy feliz.

Fran, por su parte, abandonó sus estudios para trabajar y seguir adelante con independencia, para, de alguna manera, salvar aquellas constantes separaciones. Tal vez, no lo hizo por mí, seguramente, la universidad no le ilusionaba, no le inquietaba, ni mucho menos le divertía. Existe cierta probabilidad de que yo no fuera más que la excusa para atreverse a cambiar su rumbo. No le guardo rencor.

Ya lo mencioné más arriba, éramos jóvenes, inexpertos en estos menesteres de la paciencia, la transigencia, el respeto, el capotazo o la mano izquierda. Ninguno de los dos estaba exento de carácter, aunque las discusiones no eran nuestra tónica, ni nuestro estilo, ni un elemento destacado de la convivencia. Sin embargo, los comienzos fueron difíciles de manera muy significativa. Recuerdo noches enteras de llanto, al teléfono, suplicándole unas horas para vernos.  Obviando la realidad y los kilómetros que nos separaban, me parecían pocos los esfuerzos que Fran realizaba para verme. Conducía a altas horas de la madrugada para sorprenderme en medio de la noche, para calmar mi llanto y amarnos tanto.

¡Ay, juventud! Nos quisimos mucho. Al menos yo lo hice.

Sé que sufría por verme abatida ante nuestra despedida, me consolaba con regalos, notas escondidas en la cama, mimos, caprichos y promesas. Yo me estremecía ante la idea de perderlo, de que la vida me lo arrebatara, sólo pensar en que podría enfermar o sufrir un accidente, conseguía que permaneciera toda la noche en vela, llorosa, nerviosa, horrorizada.

¡Ay, el amor! El amor tan joven y tan enérgico. Le amé mucho, con todo mi cuerpo y toda mi alma. 
Le amé con todo mi ser.

Sus intentos por animarme a hacer una vida normal fueron en vano... hasta que el propio peso de la resignación me saco a la calle de la mano de amigas y amigos. Cada vez que Fran me animaba a salir y divertirme con otras personas, yo sentía la bofetada de la incoherencia en la cara. ¿Cómo iba a tomar una copa con amigos mientras él sólo trabajaba y se esforzaba por nosotros? Ni mucho menos me apetecía divertirme sin él. 

Hasta aquella noche. El cumpleaños de mi compañera de piso era una cita a la que no podía faltar si pretendía llevarme bien con ella el resto del año. Sin apetito ni pretensiones me vestí y me peiné, decir que me arreglé sería atrevido.  La verdad es que lo pasamos muy bien. Retengo la celebración dentro de una nebulosa, borrosa y lejana. Bebimos mucho y bailamos toda la noche. Creo que, además, no bailé sola.

Clemente era algo mayor que yo. Unos 5 años mayor. Se acercó a mí sin que me percatara y sé que bailamos y reímos toda la noche. A sus invitaciones yo respondía con un “perdóname, pero estoy comprometida.” Realmente, me incomodaban aquellas atenciones. Ni por un momento quería imaginar que aquel chico simpático y no mal parecido se atreviera a rozarme, siquiera. 

Surgen solas las sonrisas al repasar aquellos días. Yo, ¡estrecha y formalita!

Tenía miedo a muchas cosas. A defraudar a Fran, a fallar en lo básico, al juicio al que me someterían mis conocidos, a perder la amarga felicidad del amor a ratos y desde lejos de mi pareja.

Supongo que Clemente y yo hicimos buenas migas, algo así casi fraternal e inocente. Unos días después me buscaba, apelaba y proponía desayunos, meriendas, cervezas, copas, bailes, viajes y mil planes más que realizar juntos. Como amigos. Me resistí mucho tiempo, en busca de un pasadizo por el que escapar de aquellas proposiciones. Por entonces, no era, ni mucho menos, diestra en el juego, el flirteo ni la seducción. Por entonces no era más que una chiquilla de pueblo, temerosa de todo, que se encargaba e auto oprimir su propia naturaleza.

Mientras, los ratos al teléfono con Fran se reducían. Siempre atados a la disponibilidad y los horarios que su trabajo. A deshoras, con prisa, cansados, distraídos. Las ocasiones en que podíamos vernos también eran menos y nuestras parcas conversaciones terminaron por producir más malentendidos y enfados que instantes de complicidad y cariño. Definitivamente, no le guardo rencor. 

No podía recurrir a él si algo me preocupaba o me dolía. No tenía tiempo para atenderme, y ante mi requerimiento, Fran sólo sabía y podía responder, "Intenta animarte, sal, diviértete, olvida los problemas un rato y vuelve a sonreír."

Haciendo caso a sus recurrentes consejos, una mañana, acepté desayunar con Clemente.

Realmente, no recordaba con exactitud ni su altura, ni su pelo, ni su voz... no recordaba ni tan sólo su cara, pero lo reconocí en cuanto lo vi, a lo lejos, acercándose, divertido, mi amigo Clemente.

Aquella mañana y su sonrisa cambiaron el rumbo de mi vida. Cambiaron a la chica de provincias, su presente y lo que sería su futuro.

Clemente, mi amigo y amante Clemente. El punto de inflexión, el  punto y aparte. 

jueves, 29 de julio de 2010

Tu bando y el mío.



Algo así como vivir en galaxias distintas y remotas, a una distancia de años luz. Algo así como haber sido fabricados de materias y nexos distintos. Algo así como estar programados para combatir... el uno contra el otro.

No soy fácil. Es una verdad irrefutable. Tengo demasiados defectos propios y otros tantos añadidos por quienes no me conocen. Y tan innegable como es esta realidad, lo es el hecho de que Juan Antonio y yo somos aceite y agua en el mismo recipiente, que no en la misma cama.

En ese terreno, sin embargo, se evapora cualquier sombra de diferencia o distinción para fundirnos. Fundirnos como no lo hacía desde mucho tiempo atrás. He llegado a creer que puede leer mi mente y descifrar mis pensamientos, pero no es así. El secreto es mucho más sencillo y primario. Se trata de instinto.

La ciudad sobrepasa los 40 grados y sigue subiendo, peligrosamente. Es imposible pisar la calle antes de las 8 de tarde, es casi temerario. Para combatir el sofocante calor y teniendo en cuenta nuestros limitados recursos económicos, Juan Antonio y yo divagamos entre las reducidas soluciones y, finalmente, optamos por la más atractiva y barata de todas. La siesta en la penumbra de mi habitación, imaginando que el murmullo del ventilador y su soplo nos ha trasladado a una noche de playa.

El sueño no siempre llega y lo que empieza con un inocente beso en la frente, termina elevándome a otra esfera. Sólo repasar esas horas me estremece. Sabe lo que me gusta o, tal vez, no. Pero encajamos a la perfección.

No recuerdo haberme sentido tan querida en toda mi vida. Realmente, nadie hizo tanto por mí en tan poco tiempo. Ningún hombre había preparado con abundante cariño y esmero una noche imborrable de cumpleaños. Y si no es así, desde luego, mi conciencia lo ha perdido en algún pliegue de la memoria.
Juan Antonio logra que todo sea especial. Todo.  Consigue que echar la vista atrás resulte revelador pero no duela. No pienso en nadie más, y si los acontecimientos me obligan, lo que veo está claro. Ninguna relación que haya protagonizado antes, ningún hombre, en su paso por mi vida, me ha hecho sentir tan bien en mi propia piel. No existe comparación para la voluntad, la generosidad y la entrega de Juan Antonio. Ha crecido sobre valores y enseñanzas a los que se ha aferrado. Despliega su sentido del deber, de la familia y la unión por donde quiera que va y yo no tengo más opción que dejarme alucinar y aprender de él.

No he dudado en pensar en voz alta, le quiero. Él se ha atrevido a dejar entreabierta la puerta del alma, se “está enamorando”. Yo me muero de miedo y me planteo cada detalle un par de veces y él se deshace en atenciones y gestos de los que corroboran lo obvio. Me hace tanto bien y somos tan distintos.

Hace unos días, Juan Antonio y yo discutimos. Haciendo gala de mi vanidad hice aún más público este espacio y él, como ser humano que es, cayó en la trampa.

Habíamos hablado muchas veces, o quizás sólo las necesarias, sobre nuestros pasados, otras relaciones... No tengo intención de repetir errores. No está la vida para perder nada, ni siquiera el tiempo. Decidí ser sincera y clara con Juan Antonio porque es mi naturaleza y me parece el camino correcto hacia... bueno, hacia el propio destino.

Pero, tal y como concluí, en mi boca y con mi entonación, mis aventuras de cama y corazón resultaban divertidas e infantiles. Sin embargo, leídas por él mismo, se asemejan más a un diario secreto, escondido y maldito recién descubierto.

Aquella tarde, le noté serio. Incluso parecía frío y distante. Le pregunte. Le volví a preguntar. Le recriminé su hermetismo, su silencio y su falta de consideración para conmigo, que no podía más que esperar, sentada a su lado, a que dijera algo. La respuesta tardó en llegar, pero al fin apareció.

“Necesito pensar.”

Creo que ese fue el instante que lo cambió todo. Resonó en mi cabeza la idea y la sentí como una bofetada. 

Pensar. ¿Pensar en él? ¿En mí? ¿En nosotros? ¿En la vida y la muerte? ¿En la crisis y el mundial?

Pensar y hacerlo sólo. ¡Qué miedo! Con dificultad me explicó los pormenores de su disgusto. Se sentía engañado, traicionado, celoso. Se preguntaba hasta qué punto era importante para mí o sólo uno más.

Mientras Juan Antonio se preguntaba, yo encontraba las respuestas sin dudar y me hundía más y más en la impotencia. Incapaz de recobrar su confianza o explicarle que nunca debió perderla. Imposible hacerle ver que había hecho aflorar lo bueno que hubiera en mí, que había desechado mis anquilosadas y prototípicas ideas sobre lo que una mujer necesita, sobre aquello que nos enamora de un hombre. Tenía demasiadas cosas que decir y de las que convencerlo.

Respiré hondo y hablé. Con calma, acepté su decisión. “Piensa cuanto quieras, estás en tu derecho. Ya conocías todo cuanto has leído. Yo misma te lo he contado, sin tapujos ni medias verdades. Soy así, Juan Antonio. Soy el fruto de lo que he vivido hasta este día. De mis errores y mis aciertos, y lo que hoy existe entre tú y yo, también lo es... y no lo quiero perder”

Mientras hablaba no podía dejar de repetir en mi cabeza la idea: Pensar. Pensar y llegar a perderlo. Qué miedo... Continué.

“Quizás crees que no hay muchas mujeres como yo, que he vivido en el libertinaje, que he dejado de respetar a los demás y a mí misma, que he olvidado el valor de una relación. Pero la verdad es que todas sentimos y todas deseamos, que soy libre y soy honesta conmigo y con los demás. Que nunca te he mentido y, después de vivirlo y experimentar... quiero cuidar esta relación, quiero que crezca, quiero que llene mi espacio y lime mi mal genio, que me haga sonreír otras tantas veces al día, quiero mirarte y reconocerme en ti y quiero, sobre todas las cosas, que entiendas que no voy a cambiar, que no voy a olvidar a las personas que pasaron por aquí, no voy a dejar de escribir, porque es mío, lo necesito y me hace feliz. Puedo quererte habiendo querido. Quiero quererte, más allá de todo lo que he querido.”

Al día siguiente, Juan Antonio salía de viaje y poco después lo haría yo. Pasaron 10 días hasta que nos volvimos a ver. 

lunes, 26 de julio de 2010

Felices 26

De un tiempo a esta parte, quizá demasiado, pasan mis días entre empleo oficial y trabajo clandestino, entre ensayos y preparativos para shows, celebraciones, ansiadas minivacaciones... necesitaba divertirme y hacerlo a lo grande.


El pasado viernes cumplí 26 años y, en mi tónica, no pensaba celebrarlo. SIEMPRE OCURRE ALGO EN MI ANIVERSARIO. Debo ser gafe o algo así, de modo que, en la medida de lo posible, rehuyo la fecha.

Sin embargo, en los últimos años, me he cruzado con personas, en unos casos se marcharon y en otros permanecieron, que han devuelto el sentido a aquello de celebrar que nos acercamos al final. Mi gente ha conseguido que recobre la conciencia de la suerte que es caminar por este monstruoso mundo.

El 2010, que parecía capaz de matarme de un susto y se presumía negro y tormentoso, nos ha sorprendido con alegrías y satisfacciones de todas las naturalezas.

El trabajo no es mejor, pero es trabajo y no todos lo tienen. El dinero no abunda, pero estamos en el camino, recobraremos la paz interior. El hogar es complicado, pero hay intención y cambio y esperanza y amor. Mis padres me adoran, no me queda la menor duda. Todos nos vemos más y nos miramos con ternura, nos reconocemos en el prójimo y aceptamos nuestras formas y su contenido. Amo, sobre todas las cosas a mi familia, del primero al último. Empezando por el cuerdo y terminando por el rematadamente loco.

Mis amigos son un regalo que pocos conocen. Me cuidan, me miman, me apoyan y aplauden. Son fans incondicionales, son padres y tutores. Me regañan, me visten y alimentan. Sonríen conmigo y no dudan en llorar si lo necesito. Mis amigos, los de aquí y los de allí, los de siempre, los adoptados, los recién descubiertos, los especiales, los de a diario y los periódicos.

¡Qué suerte la mía! No me canso de decirlo. ¡Cuántas cosas que celebrar! ¡Cuánto bueno y cuán real! Cumplir y seguir cumpliendo, con la crisis, con las deudas, con mi casero y con mi perro, con mi abuela dando guerra, con los hombres y sus cosas. En mi pellejo y sin remedio. Cumplir años, ¡qué alegría!



El fin de semana ha sido al completo una celebración y me siento feliz en mi resaca. Agradecida hasta la eternidad, por las ganas, por el misterio, por mi música favorita y esa luna inolvidable. Por la deliciosa comida y el presente que no merezco. Agradezco las visitas, la tarta y la piñata, el alcohol y las sonrisas, bailar hasta el amanecer y despertar rodeada de recuerdos, bromas y abrazos.



Gracias a todos, por todo.

Gracias a los que pensáis en mí. Los que me soportáis. Los que os reís conmigo y de mi...

Aquellos que me guiñáis un ojo en complicidad, me sentís propia y parte del clan.

Todos los que aceptan mis defectos, mi gordura, que va y viene, mi genio tan cantero y mi falta absoluta de la concepción del protocolo...


Gracias. Muchas gracias. Todas mis gracias