"Otra vez aquí, realmente no es éste mi sitio, pero...¿cuál es mi sitio? ¿He estado alguna vez en él? Puede ser, pero ahora no es el caso"- los pensamientos deambulan por mi cabeza, me bloquean. No me reconozco. Pero hacía mucho que no me encontraba en mi propia piel. En aquel instante en que empecé a buscarme, tal vez me perdí.
La fiesta no estaba siendo lo esperado. Mucha parafernalia para tan poco nombre. Los invitados iban de una habitación a otra sin mirar al su alrededor. Todo podía ser aquella noche, menos ella.
Lo había dejado claro desde el primer momento que habló conmigo. Yo no paraba de buscarla, pero ella había desaparecido. Paseé con disimulo por la casa buscándola. La cocina, la biblioteca,.. Realmente, aquella casa no era tan grande para esconderse de tal manera.
Desistí en mi intento de hablar con la rubia y tome la decisión más práctica. Es así, si el plan falla, hay dos opciones: tomar una copa de whisky barato o saborear un cigarrillo.
Salí al porche, necesitaba descansar de la humillante trama que se había montado dentro y encendí mi pitillo. Entonces, una voz conocida: -"Has tardado demasiado"...
aviso al lector
Cada una de las historias y anécdotas que encontrará en este blog son producto de una mente perversa y sobre-dopada. Los lugares, como los nombres o las expresiones son ficticios y ningún parecido con la realidad debe ser tomado en cuenta.
Si, bajo su propia responsabilidad y criterio, decide creerlas, ... ¡eso que se lleva!
jueves, 6 de mayo de 2010
Segundo round!
Inesperado giro el de esta historia.
Me ha dejado en un mar de sentimientos contradictorios. No sé muy bien cómo afrontarlo, qué paso es el siguiente, ¿ser más práctica o dejarme llevar por las vísceras?
¿Hay lugar para las segundas partes entre tú y yo?
Anoche, me sentía creativa y me dispuse a pintarme las uñas de los pies... ¡el rojo levanta el ánimo! En tal tarea estaba cuando lo vi. Ahí estaba, una vez más, conectado a la red social que me devuelve su imagen de vez en cuando... cuando la nostalgia me puede... cuando necesito recordar.
Me quema el pecho, se acumulan mis fuerzas en mis manos, quiero decirle algo, preguntarle, ¿qué ha pasado?, ¿por qué tanto silencio?, ¿cómo es que me ha olvidado?... pero me puede el orgullo, me puede la razón y pienso en la gente que me rodea y me da su cariño sin dobleces, sin juegos ni medias verdades.
Pero anoche, el carmesí de mis uñas debió alimentar mi autoestima más de lo común, y lo hice. Le escribí un pequeño mensaje, tan abstracto y sincero, que dudé que lo entendiera:
¿Es tan grave?
Efectivamente, pareció no entenderme... “Dime, es tan grave, cualquier cosa que haya hecho, abrirte el corazón, ser sincera contigo, compartir algunas risas,... ¿es tan grave?”
Me temblaban las pierdas... aquel podía ser un momento decisivo entre nosotros o no. No es la primera vez que soy tan honesta con un hombre... Admito mi propensión a decir las cosas claras, aún a riesgo de jugarme el cuello, pese a poner en peligro mi dignidad. No estoy muy segura de las consecuencias de otras ocasiones, pero normalmente, no es para tanto. No supone humillación tan insoportable, no te conviertes en sapo, ni te señalan las vecinas. Declararse es, a fin de cuentas, quitarse un peso de encima, y a mí no me gusta cargar más que con lo necesario.
Esto, como todo, es jugársela. “¡El NO ya lo tienes, ánimo!” Sí, claro, pero como pica la bofetada del NO. “No, tía! ¡No lo hagas! ¡Qué vergüenza! ¿Qué será de ti si te rechaza?” Si me rechaza tendré que seguir madrugando de lunes a viernes, tendré que volver a almorzar, cenar y dormir, y, por suerte, seguiré abrazando a mi madre los fines de semana, riendo con los inventos de mi padre y soñando con unas merecidas vacaciones, los focos, los aplausos del público en el Festival de la Canción de la Mancomunidad y aquel tipo tan mono que me sonríe cada mañana en el autobús. Si me rechaza, me pintaré las uñas de los pies de rojo y si cuando ande cabizbaja, las veré y sin remedio habrá que sonreír y volver a levantar la mirada... ¡¿Os he dicho que tengo dos dedos gemelos en los pies?! No sé si una deformación o un paso más en la evolución, ¡pero una gracia sí que son!
Yo me declaré al gran orangután (así le llamaba, cariñosamente), y su contestación fue tan frustrante como esperanzadora, no dijo nada. ¡No tenía nada que decir a un precioso email, emotivo, sincero y divertido! ¡Mis amigas lloraron al leerlo! ¡Alguna me ofreció mantener relaciones! Y él... no dijo nada. Ni bueno, ni malo. Pensé al principio que quizás no lo había leído, podría haberlo perdido, po
dría estar confundido, asustado, enfadado,...
Pero, no. Según me dijo ayer, como si nada hubiese pasado, “no tenía por qué contestarte, no tengo explicaciones que darte, yo no te las he pedido a ti.”
Nada más claro y más hiriente que la mismísima realidad. A sus ojos, no había nada que explicar, nada que decir, y mis palabras eran un exceso que no me podía permitir. Vaya, de repente, te sientes vacía. ¿Qué he estado haciendo todo este tiempo?, ¿qué tanto he recordado?, ¿Qué he estado extrañando?, ¿De qué me enamoré?
Si aquella respuesta no me había devuelto lo suficiente a la realidad, acto seguido me preguntó: ¿Estás ahora con alguien? ¿Quieres... follar?
Me aclaré los ojos, ley la frase desde lejos, desde cerca... con todos los tonos que se me ocurrían. No podía ser una broma, no era momento de bromear. Me lo estaba proponiendo de aquella manera tan... ¡soez! Follar. Ni vernos, ni cenar, ni te invito al cine, ni siquiera intentó maquillarlo con un “¡te invito a una copa y hablamos!”
Follar.
Los príncipes azules pierden al desnudo, dejan de ser ideales cuando abren los hocicos y emiten esos ruidos. Follar.
Reaccioné, por fin, y le recordé las diferencias entre las mujeres a las que había frecuentado y mi forma de ser. Le recordé qué me gustaba de nuestra relación y qué no estaba dispuesta a padecer. Asegura que nada tiene por qué cambiar, pero es sincero, no se lo puedo negar, y echa mucho de menos nuestro... en fin, follar.
¿Qué se supone que debo hacer yo ahora? ¡Olvidarlo! Fácil y barata respuesta, no me sirve. No es tan sencillo. Si todos estos meses han sido eso... “eso”, merece un escarmiento. Si su propuesta de macho cabrío esconde algo más... quiero averiguarlo.
Desde el conocimiento de la verdad, todo se ve de otro color, y no es rosa. Sea como sea, es bueno despertar de letargos anuladores. Lo había idealizado, lo había coronado como LA HORMA DE MI ZAPATO, el merecedor de sentarse a la mesa con mis padres, mi compañero de viaje. Si es así, prefiero saberlo. ¡No hay mal que por bien no venga!
El segundo round puede ser mi oportunidad de rematarlo o... Con los ojos abiertos ya no me duele su frialdad, su capacidad recién estrenada para ver en mí un objeto. Quizás esta vez, aunque escueza un poquito, yo pegue más fuerte.
Se repiten tantas veces los mismos clichés, una asociación de vilipendiadas, olvidadas y ultrajadas amantes sería un poderoso lobby. A fin de cuentas, el enemigo sólo se vale de subjetivas armas y el cebo está muy claro. ¿Quiere follar? Pues lo hará y no imagina cómo ni cuánto.
Que comience el combate.
Audio: Tu frialdad. Triana.
Me ha dejado en un mar de sentimientos contradictorios. No sé muy bien cómo afrontarlo, qué paso es el siguiente, ¿ser más práctica o dejarme llevar por las vísceras?
¿Hay lugar para las segundas partes entre tú y yo?
Anoche, me sentía creativa y me dispuse a pintarme las uñas de los pies... ¡el rojo levanta el ánimo! En tal tarea estaba cuando lo vi. Ahí estaba, una vez más, conectado a la red social que me devuelve su imagen de vez en cuando... cuando la nostalgia me puede... cuando necesito recordar.
Me quema el pecho, se acumulan mis fuerzas en mis manos, quiero decirle algo, preguntarle, ¿qué ha pasado?, ¿por qué tanto silencio?, ¿cómo es que me ha olvidado?... pero me puede el orgullo, me puede la razón y pienso en la gente que me rodea y me da su cariño sin dobleces, sin juegos ni medias verdades.
Pero anoche, el carmesí de mis uñas debió alimentar mi autoestima más de lo común, y lo hice. Le escribí un pequeño mensaje, tan abstracto y sincero, que dudé que lo entendiera:
¿Es tan grave?
Efectivamente, pareció no entenderme... “Dime, es tan grave, cualquier cosa que haya hecho, abrirte el corazón, ser sincera contigo, compartir algunas risas,... ¿es tan grave?”
Me temblaban las pierdas... aquel podía ser un momento decisivo entre nosotros o no. No es la primera vez que soy tan honesta con un hombre... Admito mi propensión a decir las cosas claras, aún a riesgo de jugarme el cuello, pese a poner en peligro mi dignidad. No estoy muy segura de las consecuencias de otras ocasiones, pero normalmente, no es para tanto. No supone humillación tan insoportable, no te conviertes en sapo, ni te señalan las vecinas. Declararse es, a fin de cuentas, quitarse un peso de encima, y a mí no me gusta cargar más que con lo necesario.
Esto, como todo, es jugársela. “¡El NO ya lo tienes, ánimo!” Sí, claro, pero como pica la bofetada del NO. “No, tía! ¡No lo hagas! ¡Qué vergüenza! ¿Qué será de ti si te rechaza?” Si me rechaza tendré que seguir madrugando de lunes a viernes, tendré que volver a almorzar, cenar y dormir, y, por suerte, seguiré abrazando a mi madre los fines de semana, riendo con los inventos de mi padre y soñando con unas merecidas vacaciones, los focos, los aplausos del público en el Festival de la Canción de la Mancomunidad y aquel tipo tan mono que me sonríe cada mañana en el autobús. Si me rechaza, me pintaré las uñas de los pies de rojo y si cuando ande cabizbaja, las veré y sin remedio habrá que sonreír y volver a levantar la mirada... ¡¿Os he dicho que tengo dos dedos gemelos en los pies?! No sé si una deformación o un paso más en la evolución, ¡pero una gracia sí que son!
Yo me declaré al gran orangután (así le llamaba, cariñosamente), y su contestación fue tan frustrante como esperanzadora, no dijo nada. ¡No tenía nada que decir a un precioso email, emotivo, sincero y divertido! ¡Mis amigas lloraron al leerlo! ¡Alguna me ofreció mantener relaciones! Y él... no dijo nada. Ni bueno, ni malo. Pensé al principio que quizás no lo había leído, podría haberlo perdido, po
dría estar confundido, asustado, enfadado,...
Pero, no. Según me dijo ayer, como si nada hubiese pasado, “no tenía por qué contestarte, no tengo explicaciones que darte, yo no te las he pedido a ti.”
Nada más claro y más hiriente que la mismísima realidad. A sus ojos, no había nada que explicar, nada que decir, y mis palabras eran un exceso que no me podía permitir. Vaya, de repente, te sientes vacía. ¿Qué he estado haciendo todo este tiempo?, ¿qué tanto he recordado?, ¿Qué he estado extrañando?, ¿De qué me enamoré?
Si aquella respuesta no me había devuelto lo suficiente a la realidad, acto seguido me preguntó: ¿Estás ahora con alguien? ¿Quieres... follar?
Me aclaré los ojos, ley la frase desde lejos, desde cerca... con todos los tonos que se me ocurrían. No podía ser una broma, no era momento de bromear. Me lo estaba proponiendo de aquella manera tan... ¡soez! Follar. Ni vernos, ni cenar, ni te invito al cine, ni siquiera intentó maquillarlo con un “¡te invito a una copa y hablamos!”
Follar.
Los príncipes azules pierden al desnudo, dejan de ser ideales cuando abren los hocicos y emiten esos ruidos. Follar.
Reaccioné, por fin, y le recordé las diferencias entre las mujeres a las que había frecuentado y mi forma de ser. Le recordé qué me gustaba de nuestra relación y qué no estaba dispuesta a padecer. Asegura que nada tiene por qué cambiar, pero es sincero, no se lo puedo negar, y echa mucho de menos nuestro... en fin, follar.
¿Qué se supone que debo hacer yo ahora? ¡Olvidarlo! Fácil y barata respuesta, no me sirve. No es tan sencillo. Si todos estos meses han sido eso... “eso”, merece un escarmiento. Si su propuesta de macho cabrío esconde algo más... quiero averiguarlo.
Desde el conocimiento de la verdad, todo se ve de otro color, y no es rosa. Sea como sea, es bueno despertar de letargos anuladores. Lo había idealizado, lo había coronado como LA HORMA DE MI ZAPATO, el merecedor de sentarse a la mesa con mis padres, mi compañero de viaje. Si es así, prefiero saberlo. ¡No hay mal que por bien no venga!
El segundo round puede ser mi oportunidad de rematarlo o... Con los ojos abiertos ya no me duele su frialdad, su capacidad recién estrenada para ver en mí un objeto. Quizás esta vez, aunque escueza un poquito, yo pegue más fuerte.
Se repiten tantas veces los mismos clichés, una asociación de vilipendiadas, olvidadas y ultrajadas amantes sería un poderoso lobby. A fin de cuentas, el enemigo sólo se vale de subjetivas armas y el cebo está muy claro. ¿Quiere follar? Pues lo hará y no imagina cómo ni cuánto.
Que comience el combate.
Audio: Tu frialdad. Triana.
lunes, 3 de mayo de 2010
Tipologías, gustos. El Factor X
Menudo lío.
En circunstancias normales, una mujer se sentiría feliz, ilusionada, agradecida, bendecida por la suerte. Un chico estupendo, cariñoso, guapo, simpático, generoso, sincero, soltero y heterosexual se siente “a gusto” conmigo.
Pero no lo puedo evitar, no es mi tipo. Por más que lo intente, no es mi tipo.
La primera vez que hablamos, Juan Antonio me planteó una adivinanza. Por entonces ya no era la clase de hombre que me atrae ni interesa, pero me resultó… original. Tiene la mirada limpia… Juan Antonio es transparente, y lo que veo a través de él, es tan puro que me asusta.
Charlamos durante un tiempo y salimos juntos a distintos sitios, siempre parecía estar a mi disposición. Para cualquier cosa que necesitara. Yo sabía que se sentía atraído por mí, temblaba cuando me acercaba a él, ¡era incapaz de aguantar una mirada sin tornarse rojo! Y la verdad es que no hice nada por evitar que se encariñara conmigo. Mientras, me reafirmaba en la idea de que aquel chico no era para mí.
¿Por qué? Pues no lo sé o quizá no quiero pensarlo en voz alta… Puedo sentirme atraída por hombres nada favorecidos. Recuerdo alguna situación escabrosa, mi compañero no era precisamente apuesto y, sin embargo, me abrumaba la pasión y perdía la cabeza, hasta límites insospechados.
Realmente, no hay problemas de índole sexual entre nosotros. Pero es tan inocente… lo sé tan seguro. Eso es lo que falla, ese es el problema. Está ahí, para mí, en cualquier momento puedo disponer de él. Me lo ha dicho, lo ha demostrado. Después de tanto drama en mi diario, ¿es posible que me repela la estabilidad? ¿Soy alérgica a la felicidad sin sobresaltos? Nos hemos malacostumbrado y el sosiego tiene cierto matiz siniestro. Estoy esperando la trampa, el cartón, la traición y el abandono. No puede ser perfecto. De hecho, no lo es.
Mi prima, una de esas personas indispensables en mi existencia a la que dedicar 1.000 palabras más sólo para ella; conoció una vez a un tipo que sin ser genial, le caló la ropa con su humor, le traspasó la piel con su naturalidad y le perforó cada músculo, cada hueso y cada pálpito con su libertad, su humanidad y su pasión. Ella se enamoró, aunque lo niegue, y él resultó ser un pendejo imbécil y egoísta con novia de las formales. De esas que se llevan pegadas a los zapatos por puro gusto. De las que no te puedes desprender, ni quieres, ni de ellas, ni de sus familias, ni de los recuerdos, ni de los amigos en común. Un tiempo, yo también lo fui.
A la decepción le siguió el intento de rehacer su vida y buscar otros mares en los que pescar. Una noche, en un local de moda de la ciudad, en compañía de nuestra amiga Marta y de unos 300 jóvenes más, clónicos, idénticos, asexuados y sólo fascinados por si mismos; conoció al famoso chico 10. Mono, educado, interesado en ella, con bonitos apellidos, como bonita era su camisa. Charlaron y buscaron puntos en común. Ella, por evidentes motivos, no los encontró. Él, quizá tampoco, pero Julia es una mujer irresistiblemente atractiva, los hombres caen a sus paso, está científicamente demostrado. Una de esas mujeres con duende que tengo la suerte de frecuentar.
Unos días después, aquel perfecto ejemplar la invitó a salir, animada por nosotras u obligándose a “pasar página”, decidió darle una oportunidad.
Tomaron un helado, volvieron a hablar de sus cosas… Julia me juró haberlo intentado. Intentó ser cálida, natural, romper el hielo, bromear, buscar razones para sonreír y hallarse en aquella cita, más parecida a una entrevista laboral. Nos partíamos de risa con el testimonio de mi prima, quien aseguraba que el galán se jactaba de haber sido delegado de clase desde parvulario. Le recitó de memoria la tabla periódica y se indignó ante la posibilidad de haber protagonizado, alguna vez en su corta vida, un acto deshonesto… ni siquiera travieso.
Despavorida, Julia huyó y nunca más quiso saber del hombre 10. Al repasar cada instante del encuentro, los pros y los contras de aquel chico minuciosamente diseñado y gris, ella sólo podía encontrar una respuesta:... es que no es Él.
¿Y que tiene Él? ¿Dónde reside el factor X de aquellos de los que nos encaprichamos, aquellos de los que vamos orgullosas del brazo, por más dura que sea la caída?
Juan Antonio y el chaval de la tabla periódica tienen, sin saberlo ni aparentarlo, muchas cosas en común. Los dos carecen de nuestro Factor X. Cada cual el suyo, cada una a su manera. Pero es esencial, es único, es inexplicablemente. Alguna vez oí decir que es ilógico, que es amor. Amor. ¿Amor?
¿Amor al sinvivir? El gusto y disfrute de las noches en vela, de las horas mirando fijamente al teléfono. Llamará. Lo hará. Tiene que hacerlo. ¿Amor al corte de estomago al verlo de la mano de otra? Será tal vez el sex appeal propio del individuo con jurisprudencia para romper y recomponer corazones. Esa capacidad para olvidarlo todo es la que los hace irresistibles.
Juan Antonio no es Él, como el cofrade de estudios concertados no era… nadie reseñable. ¿Qué tienen que no podemos olvidar? ¿Cómo introducen el veneno mortal, que ni lo notamos y cada día necesitamos más? Es el mismo veneno que acabó con la autonomía de Marta, con su tranquilidad y con la curiosidad por la vida después de Él.
Esta noche, no pregunten por qué, veré a Juan Antonio. Ni siquiera me apetece. No me ilusiona encontrarlo, pasear o escucharlo. Ese dichoso factor nos separa, sin remedio. Le estoy agradecida y creo que necesito sus halagos y su cariño cuando la semana se presenta tortuosa. No es una excusa. Es humano.
Que la mancha de mora, otra verde la quita. Que llorar porque el Sol se largó, no te dejará ver las estrellas que brillan esta noche. Que Juan Antonio es un tío excepcional y yo sólo puedo pensar en quien se fue sin nada más que añadir. Que para gustos colores y para los ciegos, los amores.
Audio: 4 Elementos. La Musicalité
En circunstancias normales, una mujer se sentiría feliz, ilusionada, agradecida, bendecida por la suerte. Un chico estupendo, cariñoso, guapo, simpático, generoso, sincero, soltero y heterosexual se siente “a gusto” conmigo.
Pero no lo puedo evitar, no es mi tipo. Por más que lo intente, no es mi tipo.
La primera vez que hablamos, Juan Antonio me planteó una adivinanza. Por entonces ya no era la clase de hombre que me atrae ni interesa, pero me resultó… original. Tiene la mirada limpia… Juan Antonio es transparente, y lo que veo a través de él, es tan puro que me asusta.
Charlamos durante un tiempo y salimos juntos a distintos sitios, siempre parecía estar a mi disposición. Para cualquier cosa que necesitara. Yo sabía que se sentía atraído por mí, temblaba cuando me acercaba a él, ¡era incapaz de aguantar una mirada sin tornarse rojo! Y la verdad es que no hice nada por evitar que se encariñara conmigo. Mientras, me reafirmaba en la idea de que aquel chico no era para mí.
¿Por qué? Pues no lo sé o quizá no quiero pensarlo en voz alta… Puedo sentirme atraída por hombres nada favorecidos. Recuerdo alguna situación escabrosa, mi compañero no era precisamente apuesto y, sin embargo, me abrumaba la pasión y perdía la cabeza, hasta límites insospechados.
Realmente, no hay problemas de índole sexual entre nosotros. Pero es tan inocente… lo sé tan seguro. Eso es lo que falla, ese es el problema. Está ahí, para mí, en cualquier momento puedo disponer de él. Me lo ha dicho, lo ha demostrado. Después de tanto drama en mi diario, ¿es posible que me repela la estabilidad? ¿Soy alérgica a la felicidad sin sobresaltos? Nos hemos malacostumbrado y el sosiego tiene cierto matiz siniestro. Estoy esperando la trampa, el cartón, la traición y el abandono. No puede ser perfecto. De hecho, no lo es.
Mi prima, una de esas personas indispensables en mi existencia a la que dedicar 1.000 palabras más sólo para ella; conoció una vez a un tipo que sin ser genial, le caló la ropa con su humor, le traspasó la piel con su naturalidad y le perforó cada músculo, cada hueso y cada pálpito con su libertad, su humanidad y su pasión. Ella se enamoró, aunque lo niegue, y él resultó ser un pendejo imbécil y egoísta con novia de las formales. De esas que se llevan pegadas a los zapatos por puro gusto. De las que no te puedes desprender, ni quieres, ni de ellas, ni de sus familias, ni de los recuerdos, ni de los amigos en común. Un tiempo, yo también lo fui.
A la decepción le siguió el intento de rehacer su vida y buscar otros mares en los que pescar. Una noche, en un local de moda de la ciudad, en compañía de nuestra amiga Marta y de unos 300 jóvenes más, clónicos, idénticos, asexuados y sólo fascinados por si mismos; conoció al famoso chico 10. Mono, educado, interesado en ella, con bonitos apellidos, como bonita era su camisa. Charlaron y buscaron puntos en común. Ella, por evidentes motivos, no los encontró. Él, quizá tampoco, pero Julia es una mujer irresistiblemente atractiva, los hombres caen a sus paso, está científicamente demostrado. Una de esas mujeres con duende que tengo la suerte de frecuentar.
Unos días después, aquel perfecto ejemplar la invitó a salir, animada por nosotras u obligándose a “pasar página”, decidió darle una oportunidad.
Tomaron un helado, volvieron a hablar de sus cosas… Julia me juró haberlo intentado. Intentó ser cálida, natural, romper el hielo, bromear, buscar razones para sonreír y hallarse en aquella cita, más parecida a una entrevista laboral. Nos partíamos de risa con el testimonio de mi prima, quien aseguraba que el galán se jactaba de haber sido delegado de clase desde parvulario. Le recitó de memoria la tabla periódica y se indignó ante la posibilidad de haber protagonizado, alguna vez en su corta vida, un acto deshonesto… ni siquiera travieso.
Despavorida, Julia huyó y nunca más quiso saber del hombre 10. Al repasar cada instante del encuentro, los pros y los contras de aquel chico minuciosamente diseñado y gris, ella sólo podía encontrar una respuesta:... es que no es Él.
¿Y que tiene Él? ¿Dónde reside el factor X de aquellos de los que nos encaprichamos, aquellos de los que vamos orgullosas del brazo, por más dura que sea la caída?
Juan Antonio y el chaval de la tabla periódica tienen, sin saberlo ni aparentarlo, muchas cosas en común. Los dos carecen de nuestro Factor X. Cada cual el suyo, cada una a su manera. Pero es esencial, es único, es inexplicablemente. Alguna vez oí decir que es ilógico, que es amor. Amor. ¿Amor?
¿Amor al sinvivir? El gusto y disfrute de las noches en vela, de las horas mirando fijamente al teléfono. Llamará. Lo hará. Tiene que hacerlo. ¿Amor al corte de estomago al verlo de la mano de otra? Será tal vez el sex appeal propio del individuo con jurisprudencia para romper y recomponer corazones. Esa capacidad para olvidarlo todo es la que los hace irresistibles.
Juan Antonio no es Él, como el cofrade de estudios concertados no era… nadie reseñable. ¿Qué tienen que no podemos olvidar? ¿Cómo introducen el veneno mortal, que ni lo notamos y cada día necesitamos más? Es el mismo veneno que acabó con la autonomía de Marta, con su tranquilidad y con la curiosidad por la vida después de Él.
Esta noche, no pregunten por qué, veré a Juan Antonio. Ni siquiera me apetece. No me ilusiona encontrarlo, pasear o escucharlo. Ese dichoso factor nos separa, sin remedio. Le estoy agradecida y creo que necesito sus halagos y su cariño cuando la semana se presenta tortuosa. No es una excusa. Es humano.
Que la mancha de mora, otra verde la quita. Que llorar porque el Sol se largó, no te dejará ver las estrellas que brillan esta noche. Que Juan Antonio es un tío excepcional y yo sólo puedo pensar en quien se fue sin nada más que añadir. Que para gustos colores y para los ciegos, los amores.
Audio: 4 Elementos. La Musicalité
Presentación

.. sólo un detalle, el mérito no es mío, sino de mi amigo alberto..
Presentía que aquella noche podía pasar algo, todo era diferente; nada más cerrar la puerta de mi apartamento noté que estaba pasando algo.
Hoy no era mi mejor día, desaliñado, barba de cuatro días, jersey azul marino y las viejas botas, entonces recordé aquello que tantas veces decía mi madre -"¿así vas a salir?"- ya había perdio la costumbre de cuidar mi apariencia, mi ritmo de vida y mi inconformismo no me lo permitían.
Otra fiesta con un millón de desconocidos, a los que, sinceramente, no creo que aguantara más de cinco minutos; pero Fabio era así, se movía por unos ambientes que a mi, personalmente, no me acababan de llenar, pero no podía fallarle. Ya había dicho muchas veces que no y, la verdad, no tenía nada más importante que hacer.
Parece que una vez más iba a ser el último, "creo que ya no me esperan", pero me gustaba esa sensación, así notarían mi indiferencia ante ellos.
-¡Alberto! - abrió Miriam - ya no te esperabamos ¿dónde te metistes?
-Trabajo, ya sabes Miriam - disimulé
-Si, trabajo, siempre tu trabajo; ¡venga entra! - regañándome como siempre - ¡Veeeeen! Ha venido una amiga que quiero que conozcas...¡Gloria! mira este es Alberto, el chico del que te hablé ayer...
-Hola Alberto - dijo muy tranquila y segura de sí misma, lo cual ya me intranquilizaba.
-Encantado - contesté.
.. continuará, seguro que sí ..
Audio: Me and Mrs. Jones
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